lunes, 16 de enero de 2012

Primeros días en la ciudad nueva

A este lado del río los olmos se alinean de tal manera frente a él que parecen ser los obedientes guardianes de sus bajas y lentas aguas; estas altas y enmarañadas estructuras le proporcionan una fresca protección en verano, pero ahora, a la espera de su renovada espesura, son solo como un símbolo estético más, una escultura maestra repetida a todo lo largo de su cauce.
También los diminutos y asustadizos gorriones se sirven de ellos: es fácil verlos balancearse, juguetonamente, sobre sus desnudas ramas. Son árboles centenarios, columpios centenarios. La frágil presencia de esos pajarillos tiene el efecto de borrar del ambiente, en la fulgurante claridad del aire de año nuevo, la eterna y espesa sensación de agrio derrumbe que llega, desde tiempo inmemorial, del extrarradio de la ciudad.

lunes, 19 de diciembre de 2011

escena

- David, entonces, ya está decidido lo de Nantes, ¿no? – Carmen se deshizo impostadamente del sentimiento de que en realidad le importaba un bledo si su hermano se mudaba o no al extranjero. Esperó un instante un gesto que significara que iba a producirse una respuesta, pero David pugnaba antes que nada con una al parecer rebelde cola de pescado.
Helen, su cuñada, sentada justo frente de ella, habló en su lugar:
- No va a ser Nantes, al final nos vamos a París. Alejandro le ha prometido a tu hermano el cargo de supervisor del área central. ¿No os lo había dicho. Deivid, hijo, cuenta las cosas…

Carmen sonrió a la buena disposición de Helen, así como a sus finas manos, revoloteando graciosamente sobre el mantel de organdí, seña de identidad de las fiestas de Navidad en su familia. Un noble pedazo del imperio británico ante ella, de rostro fino, vestido sabiamente elegido y exquisitas maneras: la chica de Glasgow que había agilipollado a su hermano, un tío de una pieza en otro tiempo.
Eran cinco a la mesa, pero sus padres, como siempre, jugaban tan a conciencia el papel de anfitriones perfectos, aterrorizados en realidad de quedar mal ante la eterna invitada que eran solo dos bustos provistos de palas. Miró a su madre y ésta, al saberse observada, se dio por aludida:
- El año pasado creo que me quedó mejor. Este año, no sé, no está tan jugoso - buscó en una rápida batida miradas de apoyo a los demás pero todos pasaron por alto el comentario.

jueves, 15 de diciembre de 2011

paso en falso

Eran las seis y veinte de la tarde de un veintiséis de junio. Según sus meticulosos cálculos, le quedaban dos días diecisiete horas y cuarenta minutos. Al abrir el sobre y comprobar que la carta eran las órdenes de Franz, quedarían algunos menos, pero le daría tiempo de todos modos. Las órdenes de Franz eran exactamente lo que ella haría entre ese momento y el momento de estallar la bomba.
En el fondo era todo ridículamente fácil, ya que su responsabilidad era transportar un paquete hasta una estación de tren, en París. En tres líneas su participación había quedado diseñada por un cerebro que jamás había visto, pero al que veneraba igualmente, como si fuera el paladín de un nuevo mundo.
En forma de publicidad de una empresa de cursos a distancia, periódicamente, a lo largo de los últimos tres años, la información llegaba, y era ejecutada inexorablemente, sin resquicio de duda. Ninguno de sus hermanos sospechaba nada, más allá de la extrañeza por la insistencia de las cartas, siempre sin respuesta. Se metió la carta en el bolsillo y descolgó el teléfono, para enviar una señal sin voz a un número de contacto.
Corrió todas las cortinas, en un procedimiento poco común, que no tenía nada que ver con el protocolo de seguridad; era más bien una forma velada de dar carpetazo a algo, de dejar saldada una antigua querella secreta con su familia, con ella misma en su familia, con su pasado de todas maneras.
No sintió alivio alguno al terminar de hacerlo; al contrario, más bien una aguda sensación de que esa salida era una salida en falso, tal vez solo un camino que le apartaba del camino principal, por donde ya había transitado durante tanto tiempo, sin resultado alguno, y que ahora, al evitarlo de una forma drástica, seguramente irreversible, quedaba como flotando en el aire, provocando en su animo ese sabor a algo que se ha dejado irremediablemente antes de tiempo, una batalla perdida sin haber puesto en juego todas las armas.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Encerrona

La fría superficie le despertó y dio un respingo al verse desnudo y suspendido en un espacio desconocido. Observó la estructura que le contenía y pensó que debería esperar a despertarse para que aquello dejara de ocurrir, aunque supo al momento que ese pensamiento era solo un modo de escapar al pánico.

¿Cuánto podría medir el cubo de cristal donde se encontraba?, ¿y porqué no había mas que una masa blanquecina, (niebla, ¿que podía ser sino?) más allá del habitáculo, en el mismo lugar donde, hasta hacía poco, estaba su casa, su mujer, su diana electrónica recién comprada?

La sólida y transparente construcción no tenía abertura alguna; la había inspeccionado, palpando con la mano abierta, centímetro a centímetro; era una única pieza, sin fijaciones ni soldaduras. Se imaginó que esperando simplemente tendría lugar algo, por parte de alguien, en algún sitio.

Pensó en Gregorio Samsa y en José Luis López Vázquez en La cabina. Se dejó llevar por la sensación de que quizá el escritor que había imaginado en otro tiempo que llegaría a ser se encontraría al final existiendo, y que estaría en ese momento moviendo los hilos de su existencia encerrada, cómodamente arrellanado en su asiento frente al ordenador, encaprichándose de su incierto destino.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

El jugador.

Steve estaba colocando las cartas sobre la mesa de la cocina.  Iba sacándolas de la baraja de dos en dos y poniéndolas en el lugar que le correspondían.  Dos de picas, cinco de tréboles.  No coincidía con ninguna de las que ya tenía en las columnas de palos, así que las puso en el montón de descartes.  J de corazones, cuatro de picas.  Colocó la J encima de la reina de corazones.  El cuatro lo dejó en el montón de descartes.  Era agradable estar allí sentado, con la luz del medio día entrando por la ventana.
Escuchó unas llaves abriendo la puerta del apartamento y después vio a su hijo entrar.  Steve se dio cuenta que diecisiete años pasan rápido y uno a penas ve en que momento crecen tanto.
- Hola - dijo el muchacho.
- ¿Va todo bien?
- Si, claro que sí - contestó mientras abría la nevera y sacaba una botella de leche.  Se sirvió un vaso mientras Steve le observaba.
- Muchacho, me gano la vida leyendo las caras de la gente, y algo me dice que a ti te pasa algo.
El chico no contestó.  Se limitó a beber un trago de leche mirando al infinito.
- Dame un vaso de leche y trae las fichas - dijo Steve recogiendo las cartas.
Su hijo sacó un vaso limpio de un estante y lo llenó con lo que quedaba en la botella.  Después salió de la cocina y volvió con una caja de madera sin tapadera llena de fichas de plástico de distintos colores.  Se sentó en frente de su padre y empezó a contar y a hacer dos montones de fichas, uno para su padre y otro para él.  Después Steve repartió las cartas.
- ¿Que va mal?
- Nada - dijo el chico mirando las cartas.
- ¿Es una chica?
El chico no contestó.  Jugaron dos manos sin hablar nada, en un silencio solo roto por el sonido de las fichas de apuestas.
- La verdad es que si que me gusta alguien - dijo mientras Steve volvía a repartir las cartas de la tercera mano.
- ¿Y tú a ella?
- Pues no lo se - mientras decía esto miró sus cartas e hizo una apuesta muy alta.
- ¿Por que haces eso?
- ¿El que?
- Hacer una apuesta tan alta.  Ahora no se si tienes buenas cartas o malas cartas, pero lo que acabas de conseguir es asustarme.  Si de verdad tienes una buena mano, es mejor ir despacio.
Steve tiró sus cartas en el centro de la mesa y dejó que su hijo recogiese el poco beneficio que había obtenido con su mala jugada.
- Recuerda. Nunca vayas demasiado fuerte sin saber lo que tiene el otro.
Los dos bebieron un trago de leche antes de volver a repartir cartas.
- ¿Tu le gustas a ella?
- Pues no lo se.
Steve puso un par de fichas en el centro de la mesa.  Su hijo hizo lo mismo, y añadió una más.  Steve aceptó la apuesta.  Hicieron un descarte y volvieron a apostar.  Cada apuesta que hizo Steve fue superada por su hijo.  Steve aceptó cada subida, haciendo él mismo la suya.  Así estuvieron los dos hasta que en el montón de fichas central estaba la mitad de las fichas de cada uno.  Steve volvió a subir la apuesta una última vez.  Su hijo cogió igual cantidad de fichas de su montón y se dispuso a ponerlas en el centro.
- ¿Estas seguro de que puedes ganar esta mano? - dijo antes de que las soltase.
- ¿Que otra cosa puedo hacer? ya he apostado la mitad de mis fichas.  Tengo que seguir jugando si quiero tener una oportunidad.
- No, chico.  No importa cuanto has apostado.  Tienes que saber cuando hacer la jugada y arriesgar, pero también tienes que saber cuando retirarte, no importa cuanto vayas a perder. Si juegas hasta el final sin una buena mano, la cosa se puede poner peor.
El muchacho volvió a dejar las fichas a su lado y tiró las cartas al centro de la mesa.  Steve recogió sus ganancias y se dispuso a repartir otra vez.
Ambos miraron su nueva mano de cartas.
- El problema es que hay otra chica que va detrás de mi.  Y si le digo algo a la que me gusta, la otra ya no va a querer saber nada, y bueno, no es que me guste mucho, pero algo es algo.
Steve hizo una apuesta fuerte, dejando un buen montón en el centro de la mesa.  Su hijo contó las fichas para igualar la apuesta, y luego empezó a contar las fichas que aún tenía en su lado de la mesa.
- ¿Que haces? - preguntó Steve.
- Contando las fichas que me quedan.
- Escucha, cuando uno está sentado a la mesa, jugando, no debe contar nunca sus fichas.  Solo mirar sus cartas e intentar ganar con lo que tiene.  Pero no cuentes. Tanto si vas ganando como si vas perdiendo.
Los dos siguieron jugando hasta que la luz blanca del medio día se convirtió en la luz rojiza del atardecer.  Luego el chico se levantó de la mesa, se despidió de su padre y se fué a su habitación a estudiar.
Steve se quedó solo en la cocina, escuchando el ruido de los coches en el exterior, conducidos por gente que volvía de su oficina a casa después de haber trabajado ocho horas.


lunes, 28 de noviembre de 2011

Fúmate uno

Una tarde de otoño recibí una llamada de Oso.  Quería que le acompañase a un recado.  Me dijo que llevase el coche.
Me hizo conducir hasta un barrio bien a las afueras de Madrid.  Uno de esos barrios nuevos con avenidas de dos carriles y sin una sola panadería donde se han mudado familias con algo de dinero.  Estuvimos buscando una calle durante un buen rato.  Era casi la una de la noche y no había nadie a quien preguntar.  Cuando la encontramos, me indicó  que aparcase.  No nos bajamos del coche.  Dijo que tendríamos que esperar un rato.  En mi cabeza aún tenía metido el problema que tuvimos en el almacén, hacía ya un par de meses.
- Oso, no se te ocurra encender uno de esos puros dentro de mi coche, que luego huele fatal - le dije cuando le vi sacar un habano del tamaño del brazo de un bebe.  
- Hermoso, no son mis puros.  Tu coche coche ya apesta sin mi ayuda.
- Pues si te parece apestoso, no me llames -  Mientras decía esto él le quitaba la vitola a su cigarro.
- ¿Quieres uno?
- No, gracias.  Mi padre fuma puros.  Y siempre dice que no hay que quitarles la vitola, así que no creo que sepas mucho de esto.  Si te viese quitarle la vitola a un Cohiba como ese, te diría algo.
- ¿Si? vaya, hombre ¿y por que dice tu padre que no le puedo quitar este papel de un puro? - dijo mientras levantaba en alto la insignia roja y dorada.
- Pues por que a veces no las pegan bien, la cola se sale y se pega al cigarro, y si lo arrancas, puedes romper la capa de fuera y te lo cargas.
Oso se quedó mirandome un momento, encendió el puro, se recostó en el asiento del coche y empezó a fumar en silencio.  Estuvimos así una media hora.  Después apareció un tipo que venía caminando.
- Aquí está.  Estate atento.  No te bajes del coche a menos que la cosa se ponga fea.
A la vez que me decía esto, se ponía unos guantes de cuero que había sacado de un bolsillo de la chaqueta y que parecían muy ajustados, pero que ya estaban muy adaptados a la forma de sus manos y de sus nudillos.  Cuando el tipo que venía caminando llegó a la altura  del coche, Oso abrió la puerta y salió.  Pude ver la cara del otro.  Su cara, al vernos, se transformó en una mueca de terror.  Oso le dió un primer puñetazo en la nariz antes de decir nada.  El tipo dió dos pasos hacia atrás y Oso le agarró de la solapa de la americana para que no callese al suelo.  Luego le volvió a golpear en la cara y esta vez si le dejó caer.  Una vez en el suelo le dio una patada en el estomago, luego se agachó, le dijo algo y le echó una bocanada de humo del puro que no había soltado de entre sus labios.  Arranqué el motor antes de que Oso volviese a entrar, y cuando lo hizo, nos fuimos de allí con tranquilidad.
Iba conduciendo de vuelta al centro de Madrid cuando Oso me enseñó el puro que estaba intacto a pesar de la pelea.
- ¿Sigue tu padre fumando puros? - me preguntó.
- Si.
- Pues dile una cosa.  Si me gasto quince euros en un puro, a nadie mas que a mi le importa lo que estoy fumando. Les quito la vitola igual que les quito la etiqueta a mis trajes.  Hace falta el trabajo de mucha gente para hacer uno de estos.  Y si el que pega el puto papelito es tan idiota que no sabe hacerlo bien, o lo hace mal por descuido, entonces me está faltando al respeto a mi y todos los que han trabajado en esto.  Así que si un puro se rompe por eso, no merece ser fumado. ¿Has entendido?
- Si. Ahora si.
Aquella fué la primera vez que Oso y yo nos sentamos a fumar juntos.



jueves, 24 de noviembre de 2011

Guardame el monedero


Llegué tarde, como siempre.  Carmen y su novio ya estaban esperandome.  Le di dos besos a ella.  Le dije “hola” a él.  Me parecía un imbecil, y supongo que yo a él, pero intentabamos llevarnos.  Carmen era una buena tía, siempre me habia gustado.  No era demasiado inteligente, pero era de esas tías que cuando te ven triste te dan ánimos, y sobre todo estaba muy buena.  Con dos ojos oscuros como fosas de cementerio, un pelo a juego y dos tetas mas grandes que su propia cabeza, a pesar de que no la sobraba ni un solo gramo de grasa en todo su cuerpo.  Y todo esto condensado en un metro y medio de altura.  Su piel era dorada.  Al menos la de los hombros y el escote.  Llevaba puesta una camiseta de tirantes.  Aquella noche hacía demasiado calor como para llevar otra cosa.

- Toma, guardame esto, anda, que este no quiere y no tengo bolsillos.
Me lo dijo señalando a su novio con una mano, mientras que con la otra me ofrecía su monedero.  Lo metí en mi bolsillo.
Eran ya mas de las once.  Decidimos ir a un bar de copas, de esos con la música muy alta y la luz muy baja.  Pedimos una cerveza cada uno.
- Marisa me parece una buena tía. Siempre está de broma - dijo el novio de Carmen.
- Si.  Aunque tiene la costumbre de arrimar mucho las tetas cuando besa - dije yo.
- Las tías que hacen eso me caen fatal.  Siempre calentando - dijo Carmen.
- Yo creo que lo hace sin darse cuenta - contesté dándole el último trago a la cerveza.
- Un poco golfa si que es. - dijo el novio de Carmen - Voy a mear.
Carmen y yo quedamos en silencio durante un minuto, hasta que vimos desaparecer a su novio entre la multitud.  Después se arrimó, pegando mucho su cuerpo contra el mio.
- Cuando una tía te arrima las tetas, sabe lo que está haciendo. - me susurró al oído al tiempo que ponia su mano en mi paquete - ¿Tienes bien guardado mi monedero?
- Eso no es tu monedero.
- Lo se.
Luego se quedó mirándome a los ojos.  Cuando volvió su novio, ella dijo que no quería otra cerveza y prefería irse a casa.  Sola.

El coche y la niebla

El coche con la matrícula falsificada finalmente se detuvo delante del nuestro con un frenazo más bien brusco. Era un robusto 4x4 azul marino, cuya marca no me sonaba de nada. Daba la sensación de que no volvería a moverse de allí durante mucho tiempo. Estábamos en una carretera secundaria que no conocíamos, camino de un encuentro con unos amigos.
Al frenar, su parte trasera se nos presentó nítidamente. Amanda y yo seguimos con la mirada clavada en la matrícula; era difícil no hacerlo ya que era exactamente la misma que la nuestra.
Desde que nos dimos cuenta, y después del shock inicial, no habíamos hecho más que discutir sobre lo que debíamos hacer. Pararnos, dar la vuelta, hacerle señales o llamar a la policía. O seguir adelante. Seguimos adelante, con la mirada clavada en la placa, en nuestra placa.

Al pararnos nos miramos. Buscábamos en el otro una pista sobre qué hacer. Nos mantuvimos en silencio. El silencio lo envolvía todo. De delante de nosotros, tras el cristal, una presencia inesperada nos impedía el paso. ¿Por qué? ¿Qué quería de nosotros?

Una densa niebla comenzó a envolverlo todo. Se estaba levantando con tal rapidez que daba la sensación de que el 4X4 la estaba haciendo salir desde los tubos de escape. Al poco dejamos de verlo, y en un momento todo lo que nos envolvía afuera era una enorme masa blanca, tan blanca que costaba creer que no fuera sólida.

Encendí la radio, en un extraño gesto, supongo que para distraer el terror. Los dedos apenas acertaban con los botones. Un sonido sibilante dio paso a una voz de hombre, y a una indicación muy clara, dirigida a nosotros. Hablaba de una forma amable, casi cantarina.

No había muchas posibilidades. Hicimos lo que nos dijo. Al rato, exhaustos, casi jadeantes, vimos al coche alejarse de nosotros.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Bukowski y la creación.

Aire y luz y tiempo y espacio.



"-ya sabes, no he tenido una familia, un trabajo,
algo siempre se ha puesto en el 
camino
pero ahora
he vendido mi casa, he encontrado este
lugar, un gran estudio, deberías ver el espacio y
la luz.
por primera vez en mi vida voy a tener
un lugar y el tiempo para
crear."

no, cariño, si vas a crear
vas a crear si trabajas
dieciséis horas al día en una mina de carbón
o
vas a crear en un cuarto pequeño con tres niños
mientras que estas
cobrando el paro,
vas a crear con parte de tu mente y de tu cuerpo 
destrozados,
crearás ciego, 
mutilado, 
demente,
vas a crear con un gato trepando por tu
espalda mientras
la ciudad entera tiembla en terremotos, bombardeos,
inundaciones y fuego.


cariño, aire y luz y tiempo y espacio
no tienen nada que ver con esto
y no crean nada, excepto quizás una vida mas larga para encontrar
nuevas excusas.




Como ser un gran escritor

tienes que follar con muchas mujeres
bellas mujeres
y escribir unos pocos poemas de amor decentes

y no te preocupes por la edad
y/o los nuevos talentos.

sólo bebe más cerveza más y más cerveza.

ves al hipódromo por lo menos una vez
a la semana

y gana
si es posible.
aprender a ganar es difícil,
cualquier idiota puede ser un buen perdedor.

y no olvides tu Brahms,
tu Bach y tu
cerveza.

no te esfuerces.
duerme hasta el mediodía.

evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa a tiempo.

acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares.

y si tienes capacidad de amar
amáte a ti primero
pero siempre ten en cuenta la posibilidad de
la derrota total
ya sea por buenas o malas razones.

un sabor temprano de la muerte no es
necesariamente
algo malo.

quédate fuera de las iglesias y los bares y los
museos
y como las araña se
paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
mas
el exilio
la derrota
la traición

toda esa basura.

quédate con la cerveza

la cerveza es sangre continua.

una amante continua.
consigue una máquina de escribir grande
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana

dale duro a esa cosa
dale duro.

haz de eso una pelea de peso pesado.

haz como el toro en la primer embestida.

y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievsky, Hamsun.

si crees que no se volvieron locos en habitaciones
pequeñas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza...

entonces no estás listo

bebe más cerveza.
hay tiempo.
y si no hay
está bien
igual. 

martes, 22 de noviembre de 2011

El Cerco

Al comienzo de la época de nieves, el Poblado fue rodeado por las hordas de la tribu rival. Acamparon alrededor con todas sus armas y no dejaban salir a nadie. Pronto comenzaron a escasear los víveres y la situación fue haciéndose insostenible.
El Jefe del poblado, Kuma, que había sido elegido por el Consejo de Sabios solo dos temporadas antes, no sabía muy bien qué hacer. Intentó muchas estrategias, pero ninguna de ellas terminó dando resultado. Envió a sus mejores guerreros a internar abrir una salida, pero todo fue en vano. También ordenó excavar túneles con el fin de salvar la línea enemiga, pero todos los pobladores que lo intentaron fueron atrapados y ejecutados.

El anterior jefe del poblado, Marimba, no hacía gran cosa para ayudar a salir de la situación. El y los suyos, los integrantes del clan que había resultado derrotado en la anterior elección de Gran Jefe, solo esperaban y no decían ni proponían nada, tan solo repetían una y otra vez que la situación no podía continuar así.

El tiempo pasó y gracias a la astucia de algunos pobladores disfrazados la gente del poblado no sucumbió al hambre, ya que en redadas nocturnas conseguían hacerse con algunas provisiones, cazando animales. Aún así, la situación era crítica.

La temporada siguiente, para tratar de dar solución al cerco de la tribu rival, el Consejo de sabios convocó una asamblea. Duró toda la noche. En ella se decidió que Kuma fuera apartado del poder, y que lo ostentara, de ahí en adelante, Marimba.

Hubo grandes celebraciones por parte de Marimba y su clan, pero pronto se vio que todo había sido en vano.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Seamos amigos.


Estábamos sentados en el sofá de mi casa.  Cuando pasó su lengua por el pegamento del papel de fumar alargué mi mano para coger la bolsa con el tabaco.
- Fúmate este. Ya hago yo otro.- dijo, ofreciéndome el cigarro que tenia en la mano.  Lo encendí y le dí una calada. Luego se lo puse en los labios para que ella diese otra mientras ponía tabaco sobre un papel.

- Así que no se lo que hacer. - dijo - Me gustaría tener un compañero sexual estable, con el que haya algo mas que solo follar.  No es que quiera tener novio, o algo así.  No quiero sentirme atada.  Pero es que los tíos con los que me acuesto, si les pregunto que si quieren ir a tomar algo, o se asustan, o se enamoran.
- ¿Y por que no follamos tu y yo? - dije después de dar otra calada.

- ¿Contigo? no me apetece.  No se.  Estoy muy a gusto con esto que tenemos.

- ¿Y que tenemos?
- Pues somos amigos ¿no? Nos vemos dos o tres veces a la semana, y hablamos todos los días.  Esto me gusta, por que no me siento sola, y el sexo lo complicaría todo.
Acabamos de fumar en silencio, terminando de ver la película que ponían en la televisión y que hasta ese momento no habíamos hecho ningún caso.  En los títulos de crédito la miré y estaba dormida.  La música la despertó.  Miró a su al rededor.
- Joder, que sueño. ¿Te importa si me quedo a dormir? - dijo, estirando sus brazos hacia el techo.
- Ya sabes que no.
Fuimos juntos a la habitación.  Abrió el armario y sacó una camiseta negra, descolorida y algo rota del segundo cajón.  Después se fue al cuarto de baño mientras que yo me desnudaba y me metía debajo del edredón en calzoncillos.
Cuando volvió me fijé que aquella camiseta tenía algún tipo de patrón especial, o quizá fuese el cuerpo de ella que la deformaba para obligarla a ajustarse a sus curvas.  Aquella prenda, unos calcetines negros y unas bragas era todo lo que llevaba puesto, como siempre que se quedaba a dormir. Saltó por encima de mi para poder llegar al lado de la cama que estaba mas cercano a la pared.  Su lado de la cama.
Nos dimos las buenas noches y apagué la luz.
- ¿Decías en serio lo de tener sexo juntos? - dijo después de unos minutos.  - ¿Me has oido?
- Si, te he oído - supongo que tardé mucho en contestar - no, no lo decía en serio, solo quería ayudarte con tu problema. ¿Porque lo preguntas?
Ahora era ella la que se había quedado en silencio.
- No, por nada. Es que no quería que te sintieses mal.  Bueno.  Así mejor.
A mi me costó dormirme, y ella también se mantuvo despierta durante mucho tiempo.
A la mañana siguiente me levanté y me vestí.  Antes de salir por la puerta me puse de cuclillas junto a la cama, la miré a la cara durante un instante, tratando de adivinar donde estarían sus labios en la penumbra.
- Me voy a quedar un rato.  No quiero levantarme tan temprano.  Hoy no.
- Ya lo se.  Te he dejado café recién hecho, y ya sabes donde está lo demás. -la dije
Cerré la puerta de la calle intentando no hacer ningún ruido.

martes, 11 de octubre de 2011

Calle Orense

Como una de las hermanas pequeñas del paseo de la Castellana, a la que flanquea a su izquierda desde los Nuevos Ministerios hasta las inmediaciones de la Plaza de Castilla, la calle Orense es una larga recta que une el tráfico furioso de Raimundo Fernández Villaverde con la apacible Rosario Pino, en la que desemboca.
Sin embargo al hacerlo no es ya la calle tumultuosa que era en sus inicios. Parece haber ido evolucionando desde el jolgorio de la primera juventud hasta la calma final de la edad madura: el general Perón, con su arrogante salida desde Castellana, hizo de ella dos, fiel a su ímpetu militar.

Vista en conjunto es solo una más, una mezcla de asfalto, ladrillo, acero y hormigón.

Oficinas y edificios de viviendas alzándose a derecha e izquierda, y bajo ellas, en espacios desigualmente repartidos, pequeñas tiendas y franquicias millonarias, conviviendo aún, quien sabe cómo.

Vehículos avanzando y parándose en espasmódicas remesas, y transeúntes yendo y viniendo, como en otras tantas calles de Madrid. A ratos, los residentes, como extranjeros en tierra propia, tratan de hacer vida de barrio, allá donde pueden.

Y luego están ellos, el detalle crucial que la hace distinta: los soportales. Salvando la Plaza Mayor, es raro encontrarlos en la capital, al menos en espacios comerciales de la zona centro.

Ahora me llega el recuerdo de montones de soportales recorridos en aciagos y memorables días de infancia y adolescencia. Y lo que queda de ellas es un poso familiar y entrañable hacia esas galerías, que las evoco siempre, no sé porqué, de noche y lloviendo.
Esos soportales de la calle Orense son reductos ahora donde al pasear por ellos aflora algo del aquellos antiguos sentimientos, aunque sean ya tantos los años transcurridos. Hablan de protección, de guarecerse un poco de la violencia de la ciudad, o de la vida.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Inspiración y la fotofobia de Almodóvar

Alves, el antiguo albañil reconvertido en escritor se atusó la perilla con cansada desidia mientras intentaba dar con su nuevo personaje. Se encontraba de pie, quieto, mirando a través de la ventana de su estudio. Ésta daba a un patio interior hosco y desvencijado, el patio que había sido la patria chica donde habían brotado, mágica, instantáneamente, los personajes que habían poblado sus dos novelas anteriores, escritas allí.

Permaneció en esa postura unos minutos, y luego cerró los ojos, para aliviar la creciente tensión que sentía en ellos. Ese fue tal vez el intervalo que necesitó Almodóvar para comenzar su ascenso desde el mugriento suelo del patio hasta la tercera planta, donde Alves le esperaba, aún sin saber que se trataba de él.
El director se elevó encaramado en una densa voluta de humo de pipa, con unas oscuras gafas presidiendo su redonda cara, y, posándose decididamente en el alféizar de la ventana, le saludó, con aires de suficiencia y encanto a partes iguales:
- Hola. Un poco más y me mato. A ver si hacéis algo con esta casa, que se os va a caer encima el día menos pensado. Disculpa por presentarme así, con gafas de sol en plena noche, pero no soporto ni una partícula de luz. Sufro de fotofobia. Sufro de fotofobia, sufro de fotofobia, tengo la impresión de no decir otra cosa desde este último año.

Alves sonrió, recogió el testigo que le habían tendido tras el cristal, y, apartando la vista del patio, regresó a la blanca luminosidad de la pantalla del ordenador, donde empezó a teclear:
”Almodóvar se levantó de la silla una vez más. El esbozo del personaje no le convencía nada. Necesitaba otra cosa para esa escena del guión inicial escrito a medias con su hermano, que debía estar terminada para el día siguiente por la tarde.
Finalmente se detuvo frente a la ventana del despacho, corrió la cortina y se dedicó unos minutos a contemplar el trabado tráfico, que llenaba casi completamente la calle. Le iba venciendo el sueño, la noche anterior había dormido cuatro horas escasas, y durante un momento se durmió literalmente, allí de pie, frente al cristal.
Un coche, un escarabajo descapotable rojo, aparcó indebidamente justo frente a su portal, y de él vio bajarse a un hombre. Era corpulento y llevaba sombrero de fieltro de ala ancha; parecía llevarlo para afianzar expresamente la impresión de robustez que transmitía. Rostro cuadrado y difuso aspecto de hostilidad. Llevaba perilla, una recortada y gris sobre el anguloso mentón; en cierta forme tenía aspecto de matón.
El hombre miró un momento hacia donde él estaba, y durante ese instante, Almodóvar pensó que sus miradas se habían cruzado. Al momento sin embargo se dio cuenta de que seguramente no, a causa de los destellos de los últimos y oblicuos rayos de la tarde.
Se colocó la mano derecha a modo de visera y observó de nuevo al hombre, que en ese momento se subía al coche. Arrancó y se perdió en el ordenado caos de la ciudad. Él se sentó de nuevo y se concentró en un punto indefinido de la pantalla del ordenador, antes de empezar a escribir”.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Día de tormenta


Cuando oyeron el primer trueno, los dos compañeros de Elias no pudieron evitar mirarle.  Este no levantó la cabeza del documento que estaba leyendo, pero comenzó a tamborilear con sus dedos sobre la mesa.  Los otros dos hombres se miraron entre ellos y siguieron trabajando.  Oyeron un segundo trueno y escucharon a Elias suspirar.
- Oye ¿os apetece un café? yo voy a tomarme uno ¿os bajáis conmigo?
Elias no dijo nada.
- Yo si me tomaría uno ¿que dices tu? - dijo el otro hombre.
- Tengo que terminar esto.
- Venga, si van a ser treinta minutos.
Elias no contesto a eso.  Siguió con la cabeza agachada.  Volvieron a escuchar otro estruendo.
- ¿Visteis el partido de ayer? Que bien juega ese chico nuevo.
- Si, un genio, cada vez que coje la pelota...  ¿tú que dices Elias? fue muy bueno
Dijo algo, pero no lo oyeron.  La tormeta cada vez estaba mas cerca.
- ¿Como has dicho?
- Que no lo vi.
Los dos hombres vieron como empezaba a temblar ligeramente.  Uno de ellos hizo como que se le caía un bolígrafo y se agachó a recogerlo.  Elias estaba moviendo compulsivamente una de sus piernas.
- Creo que va a ser mejor que os vayáis a tomar ese café.  Yo tengo que cosas que hacer.  Ya lo sabéis.
- Pero Elias...
- Tranquilos - dijo interrumpiendo - voy a estar bien.  Marchaos.  Va a ser lo mejor para todos.
Los dos hombres se miraron.  Uno de ellos se puso de pie y el otro le imito.
- Bueno, pues vamos a estar abajo si te apetece unirte.
Esperaron durante un instante.  Nadie dijo nada.  Pudieron oír el ruido de la lluvia golpeando los cristales.  Uno de los hombres hizo un gesto con la cabeza al otro y los dos salieron de la oficina.  Bajaron las escaleras hasta el portal.  El estallido de un trueno les hizo detenerse en seco.  Parecía que la tormenta estaba sobre ellos.
- ¿Crees que va a venir?
- No, no lo va a hacer.
- Entonces deberíamos volver.  Antes de que sea tarde.  Puede que le hagamos cambiar de opinión.
El otro hombre hizo un gesto con la cabeza y volvieron a subir las escaleras hasta el tercer piso.  Abrieron la puerta de la oficina y no vieron a Elias.  Sobre su mesa había un estuche de trompeta abierto y vacío.  Los dos salieron apresuradamente y subieron los dos pisos que les separaban de la azotea.  Encontraron la puerta abierta.  Elias estaba en medio de la esplanada, tocando el instrumento.  Tenia la camisa pegada al cuerpo y casi transparente debido al agua.  Ninguno de los dos hombres cruzo la puerta.
- ¿Y esto hasta cuando va a durar?
- Hasta que supere lo de su mujer, o le parta un rayo como a ella.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Un café gratis

La máquina de café se habia vuelto a quedar con mi dinero. Busqué en los bolsillos, pero no encontré mas monedas. Además habia dejado la cartera sobre mi mesa. Me quedé remoloneando a la espera de que a alguién le apeteciese un café. Era aún temprano como para que nadie de la oficina quisiera un tentenpie de media mañana, y demasiado tarde para el desayuno.
- Que resaca, tio.
Mauro entró dando voces en la cocina. Tenía al rededor de los cuarenta, pero no habia superado su adolescencia.
- ¿Y eso? - le pregunté.
- Bueno, que mas que resaca es cansancio de anoche.
- Coño, invitate a un café y me lo cuentas. Solo y sin azucar.
El tipo puso un par de monedas en la máquina. Leyó los botones despacio. Los mismos que llevaba leyendo tres años. Pulsó dos.
- Ayer estuvimos en el bar de abajo, hasta que cerraron. Y luego nos fuimos a tomar algo por ahí con los camareros. Tambien se vino Virginia con nosotros.
- ¿La camarera esa morena, con los ojos verdes? Es guapisima.
- Si esa. Bueno, pues me la follé - dijo dandome un golpe en el pecho con el dorso de la mano y casi gritando.
Me pasó el vaso con café que salia en ese momento.
- Que cabrón. Mira que está buena - dije intentando disimular que su vida sexual me importa una mierda, y menos la de la camarera del bar a la que solo conozco de vista.
- Pues que fuerte. Vamos a su casa, nos metemos en faena y en esto que me bajo al pilón y meto mi cara entre sus piernas. Tio, tiene el coño mas peludo del mundo. En serio. Aunque eso ya se veia, por que no veas que pelotes negros tiene en los brazos.
Sonrio y le doy un trago al café. Tengo la sensación de que este va a ser el café gratis mas caro que me he tomado nunca.
- Y que clítoris, tio. Así, grande, como medio dedo. Una cosa enorme. Es el mas grande que he chupado nuna.
- ¿Como que clitoris?
- Coño, pues el clitoris, la pepita del amor. - Me dice. Noto indignación en su voz.
- No sabía que a ti te fuesen esas cosas.
- Comer coños es lo que mas me gusta ¿A ti no o que? A ver si vas a ser maricón - dijo a la vez que sacaba su café de la máquina.
- ¿Pero entonces no lo sabes?
- El que.
- Pues que Virginia es hermafrodita - miré mi vaso de café, que ya estaba por la mitad.
- Venga, venga. Que no me la cuelas.
- Pero si salió en la tele. Y en los periodicos. -dije con toda tranquilidad- Es la presidenta de una asociación.
Por un momento Mauro se quedó callado. Me cogió del hombro y me miró fijamente a los ojos.
- ¿Es eso verdad?
- Si, joder, lo sabe todo el mundo.
- ¿Me estas diciendo que me he pasado toda la noche chupando una polla enana?
- No, eso me lo estás diciendo tu.
Apuré de un trago lo que quedaba de café, tiré el vaso a la papelera y salí por la puerta.

lunes, 25 de julio de 2011

Chantal Maillard

No existe el infinito...

No existe el infinito:
el infinito es la sorpresa de los límites.
Alguien constata su impotencia
y luego la prolonga más allá de la imagen, en la idea,
y nace el infinito.
El infinito es el dolor
de la razón que asalta nuestro cuerpo.
No existe el infinito, pero sí el instante:
abierto, atemporal, intenso, dilatado, sólido;
en él un gesto se hace eterno.
Un gesto es un trayecto y una trayectoria,
un estuario, un delta de cuerpos que confluyen,
más que trayecto un punto, un estallido,
un gesto no es inicio ni término de nada,
no hay voluntad en el gesto, sino impacto;
un gesto no se hace: acontece.
Y cuando algo acontece no hay escapatoria:
toda mirada tiene lugar en el destello,
toda voz es un signo, toda palabra forma
parte del mismo texto.

De "Matar a Platón" 2004

lunes, 18 de julio de 2011

Cadáver exquisito I

Dime,¿Qué te parece? ¡Oh! No te ha gustado. ¡Vaya! Me lo temía. Era mi hija, sí; pero se perdió. no tengo ganas de que toques el piano ahora. Hay más opciones. También puedes decirme, "la vida es maravillosa", y nos vamos a bailar. Bailar: movimiento realizado por el cuerpo humano, que tiende a la sincronización melódica. sincronización perfecta. libertad inusual. ¡ A bailar, pequeños vástagos!

Las macetas estaban secas, la noche avanzada, los semáforos sólo encendían el ámbar. Pero él atravesó la calle ensimismado en la respuesta que tenía que dar al día siguiente, sin darse cuenta de que alguien se abalanzaba sobre él. Era un amigo de la infancia. Se pararon en media calle. Gesticulaban y los que pasaban se quedaban mirando. Interrumpían el paso. El oficial ordenó continuar la marcha: 
- ¡Cadetes! ¡ Al galope!

Los parroquianos, acostumbrados a sus jamelgos, abrasados por el trabajo rural, quedaban admirados al contemplar a aquellos jinetes en sus esbeltas monturas. Que llegan poco a poco a la taberna donde revolotean las más intrincadas alevosías, que tienen que devolver los últimos reclusos de la mejor cárcel que encontraron en su vida. No iban más allá. Ir. ¿Dónde? No hay lugar. no hay escapatoria. Sólo la cárcel de sus vidas. De donde no querían escapar. Ella era su carcelera. Él era su carcelero. Y les gustaba. Y delinquían sin perdón. Sin buscar una salida hacia dónde? No, decidí estar sentada junto a la ventana y esperarte. Una mañana apareció un hombre que se llamaba Joau o John, o algo así. Se quedó mirando y me dijo. ¿ No eres demasiado joven para esperar?

¿Qué es lo que debía esperar? Tanto tiempo olvidando lo que no quería recordar... tanto tiempo deseando que llegara aquel momento trágico, espléndido, ideal...Y era todo muerte.

Cuando se acaba todo seguimos en algún sitio. Como me gusta la frase de la viuda que dice : " Paco, donde te encuentres, mira cómo sufro". Cuando debía decir " ¿por qué te fuiste?".

Me fui porque todos se drogaban, todo era caótico, aunque me digan que no, que hay otras cosas además de las drogas. Pero, ¿qué hay? Si no un grupo, que cansado de estar en casa con sus papás, cogieron la tienda de campaña y la plantaron en medio de la ciudad. Y el que pasaba pensó: " ¿y por qué no hago yo lo mismo?". y se unió al otro y al otro. Y ahora, ¿qué hacemos?

Siempre se habían hecho la misma pregunta, desde que comenzaron a salir juntos quince años atrás. De repente, Laura se paró en mitad de la calle.
-Alfredo, no quiero continuar.
Alfredo, como siempre, pensaba en sus cosas sin prestar ninguna atención a lo dicho por Laura.
Ella me dijo que no quería volver a verme. le dije que no me importaba dos veces. No me importa. No me importa. No me importa. Tres veces.¿ Cuántas veces podemos pasar por esto? Ya ni una más. De todas las alternativas, elegimos la peor. No debíamos seguir con aquello.
                                 DEBER
                                      DEBER
                                           DEBER

¿Y ahora qué? Ahora nada. Adiós, mi vida. Adiós.




domingo, 10 de julio de 2011

Esperanza, 6 meses depués (III)


Me quedo dormida viendo una prueba ciclista. Despierto completamente empapada de sudor. No es lo único de lo que estoy empapada. Decido solucionar el ultimo problema primero y luego darme una ducha. Después de la ducha me peso. He ganado dos kilos en los últimos meses. Me miro al espejo. Parece que han ido a parar al culo. Bueno, no esta mal. Son las seis y media de la tarde. Llamo a Yoli otra vez. No contesta. Me siento delante del ordenador. Me aburro. No aguanto ni media hora. Voy a limpiar la cocina. No hay nada que limpiar. Voy al baño. Friego la taza y el lavabo, luego la bañera. Por ultimo el suelo. Aquello me relaja.
A las ocho me llama Yoli. Conversión breve. Quedamos en vernos a las diez en el Café Central. Tengo dos horas por delante. Me tumbo en la cama y miro el techo. Cojo un libro. Leo dos paginas. Lo tiro al suelo. Cojo el bote de lubricante. Va a ser la segunda vez hoy. Me doy cuenta de como extraño a Ulises. Después voy a maquillarme y peinarme. Decido jugar a las muñequitas provándome vestidos. Se que no me va a llevar a ninguna parte, ya tengo decidido lo que me voy a poner, pero al menos me entretengo. Decido tirar a la basura un par de modelitos. No por que me vengan mal ni esten pasados de moda. Simplemente no me apetece que estén en mi armario. Son las nueve y media. Tengo que irme. Desde el recibidor veo el libro tirado en el suelo de la habitación junto al bote de lubricante. Voy a recogerlo. No. Me quedo a medio camino. Salgo por la puerta. Al fin y al cabo nadie va a venir a preguntarme por el desorden de mi casa.

Esperanza, 6 meses depués (II)


Cambio de música por si al informático melómano le da por volver por aquí. Sigo trabajando. Va pasando el tiempo. Lo sé por que cada vez tengo mas hambre. Son ya las doce. En dos horas estoy fuera. Angel, del departamento legal asoma su cabeza por mi despacho.

- ¿Que haces hoy para comer?¿te vienes a algún sitio? Nosotros vamos a “el independiente”.

Cuando dice “nosotros” se refiere a sus compañeros de departamento, aunque es tan estirado que perfectamente podría usar un plural mayestático.

- No, tengo comida con la familia. Pero otro día me apunto.

Es cierto lo de la comida con la familia. Pero no pienso apuntarme ningún otro día. Ya se lo dije, yo no tengo relaciones con la gente con la que trabajo, pero él no deja de insistir. Siempre intenta que nos veamos fuera de la oficina. Si como abogado es la mitad de insistente que como galán, entonces tiene que ser cojonudo en su trabajo.

- Bueno, luego nos iremos a tomar unas copas, como siempre. Si terminas, llámame y te decimos donde estamos.

- Si, si, claro. Cuando acabe te llamo y me tomo una con vosotros.

He representado tanto este papel que podría hacerlo incluso en coma.

Sigo trabajando. Me llama mi abuelo.

- Caridad, hija. ¿como estas? Oye, ¿te importa si dejamos la comida para otro día? es que me ha salido algo que hacer.

- No abuelo, no pasa nada.

- ¿La semana que viene bien que vayamos a comer en un restaurante?

- Ya lo hablamos esta semana, abuelo.

- Hasta luego, entonces.

Mi abuelo no me ha dado explicaciones, ni yo se las he pedido, pero imagino que se va con su nueva amiga. Desde que mi abuela murió ha rehecho su vida. Muy deprisa, segun algunos, pero yo creo que ya lo tenia asumido.

Cojo el teléfono.

- Yoli, me he quedado sin plan para comer.

- Estoy con Alberto. Vamos a comer juntos. Luego te llamo.

Cuelga el telefono.

Las dos y media. Me voy a casa. Tengo la nevera llena. Podría cocinar cualquier cosa. Creo que lo mejor sera descongelar unos canelones. Me los como delante de la tele, con una cerveza.

viernes, 8 de julio de 2011

Gran Vïa

En lugar de entrar en el cine, que era su plan inicial, Julián pasó de largo de la taquilla, giró sobre sí mismo y volvió a enfilar la calle lateral por la que había llegado, desandando sus pasos, para regresar a la Gran Vía.

No tenía ni idea de lo que iba a hacer en las horas siguientes, pero le gustó la sensación repentina de sorpresa que así, sin más, se había regalado a sí mismo. Al llegar a la esquina de lo que fue el Carlton se paró, para observar si su ánimo y el de la ciudad podrían llegar juntos a alguna parte, aquella tarde.

Tráfico tumultuoso, cómo no.
Edificios tan bellos como el primer día que los vio, treinta años atrás. Su conjunto componía una reconfortante mezcla de cercanía y suntuosidad.
Gente: racimos, filas caóticas, figuras sueltas.
Miradas. Miradas como modo de representación fugaz en el alargado escenario de la calle, que parecía haber sido creada a tal efecto. La Gran Vía no era solo una calle, pensó, mientras orientaba sus pasos hacia Plaza de España. Se trataba de la condensación de lo significaba vivir en Madrid.
Volvió a observar los rostros de los transeúntes con los que se cruzaba. Vio gestos sabiamente incorporados por décadas de urbanita socialización. La sensación general que le provocaban los transeúntes que observaba era cambiante, como un variopinto fluido.

Pensó en la idea de sentirse perdido. Se había sentido así, y hasta hace no demasiado. Mucho y durante mucho tiempo.
Ahora ya no; o al menos no del modo devastador que le había obligado a separarse de Estela. Al final no había encontrado su sitio ideal: lo que durante casi toda su vida había considerado El Lugar. En cierta forma un delirio, una alucinación. Ahora se sentía mejor: al menos había conseguido uno, el suyo. Uno donde había personas, y no solo fantasmas.
Llegó a la Plaza de España. Caminó atravesándola en dirección sur. Antes de abandonarla con el templo de Debod ya a la vista, observó de refilón la estatua de Don Quijote, de quien en cierta época se había sentido acompañado, inútilmente.