Ayer por la tarde me acerqué a la Casa del Libro para buscar un ejemplar que un buen amigo mío me había aconsejado efusivamente adquirir, aunque he de reconocer que desde el principio este asunto me resultó de lo más extraño.
Digo esto porque, a pesar de mi insistencia, no conseguí sacarle a mi amigo el título del libro que debía buscar, ni el nombre del autor. No es que no se acordara, que nunca lo hubiera sabido, o que simplemente, al tratarse de una sorpresa, no quisiera decírmelo; lo que ocurría es que, según él, era un libro sin titulo ni autor, y me decía esto como si fuera lo más normal del mundo. Por otro lado, habría que añadir que los únicos libros que le visto leer han sido los de las instrucciones de los muchos aparatos de todo tipo que acumula en su casa.
Para compensar esa incertidumbre me dijo que de todas formas no tenía pérdida ya que era expedido con total normalidad en la planta última de la tienda, que, dado el bombazo que había supuesto su publicación, la habían habilitado en exclusiva para su venta.
Cuando llegué al vestíbulo, descubrí con desánimo que el ascensor se había estropeado. Inicié la ascensión intrigado en parte pero casi convencido de que todo se trataba de una broma de mal gusto.
Al llegar a la que siempre ha sido la última planta, un cartel bastante chapucero indicaba que debía seguir subiendo, que la venta continuaba, pero una planta más arriba.
Subí, por tanto, hasta una especie de ático que no tenía ni idea que tuviera la casa del Libro. Entré.
Un Señor bastante mayor salió a mi encuentro nada más traspasar el umbral. No llevaba el archiconocido chaleco verde con el logotipo de la L en amarillo serigrafiada. Parecía conocerme.
- ¿Viene usted a por el libro?- me espetó- como si todo el destino de mi vana existencia se redujera a ese encargo.
Le dejé hacer.
- Sí. Vengo a por el libro.
- Por aquí, por favor.
Le acompañé hasta una pila de libros iguales que copaba una vieja mesa maciza que ocupaba el centro de la estancia. Parecían a punto de derramarse por todos los lados, y, del difícil equilibrio que formaban, como una escultura cinética o el viejo juego del mikado, cogió uno, y me lo tendió.
Iba a hablar, pero el hombre se me adelantó, y con un gesto dulce y firme a la vez, me despachó del lugar.
En la parada del autobús abrí el libro como si se tratara de aquel que describía sin margen de error como elaborar el elixir de la eterna juventud. La cubierta era de tapa dura, de un rojo intenso, y el grosor mediado, pero de escaso peso. La primera página resulto no ser de papel, sino de plástico plateado, como el que se usan en algunos libros infantiles a modo de espejo, y en ella vi reflejado mi rostro, difuminado.
Perplejo, pasé la página, donde había impresa una única palabra, al principio: hola. La siguiente estaba vacía.
Creyéndome dentro de un sueño pasé de nuevo página y leí: No, no pases de página, respóndeme primero. Lo mismo decía en las dos siguientes.
Atribulado, infundido de ese miedo impreciso de ser presa de un delirio o de una alucinación, pasé el resto de las páginas como si de un abanico se tratase, igual que hacíamos de niños con aquellos libritos que al pasar las páginas a toda velocidad se formaba una imagen en movimiento. La frase que leí en esa secuencia fue: ¿quién eres?
Cerré el libro. Lo dejé en el asiento de al lado. Cuando me bajé observé que un niño lo estaba ojeando curioso.
martes, 28 de diciembre de 2010
lunes, 27 de diciembre de 2010
En Paz (Amado Nervo)
En paz
En paz
Artifex vitae, artifex sui
Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales coseché siempre rosas.
Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!
Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!
En paz
Artifex vitae, artifex sui
Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales coseché siempre rosas.
Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!
Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!
sábado, 25 de diciembre de 2010
Tú serás la única ( Parte III )
Desde un ángulo del oblongo ventanuco que comunicaba la sacristía con la Avenida de la Albufera Julián advirtió que la cadencia de los autobuses de la EMT era mayor de lo que creía.
Antes de abandonar para siempre a su antiguo amigo se llevó de una pila de libros y revistas que había en una silla lo que le había regalado a Carmelo en su último cumpleaños: una antología de poemas de Blas de Otero. En la primera página Julián había escrito: Felicidades, espero que cuando leas el poema 14 me regales tú un paseo po el Retiro.
Sabía que era un error, pero aún así se lo metió en el bolsillo de la sotana. Quizá esperaba aún ese paseo, de una forma u otra.
Atravesó la iglesia por el lateral contrario a la dirección por la que iban entrando los fieles y, una vez en la calle, el golpe de luz le hizo mirar hacia abajo.
Cuando llegó a la marquesina había tres personas esperando, pero no creyó reconocer a nadie en ellas. La señora mayor que por su expresión parecía que era quien llevaba mas tiempo esperando le miró un instante, o eso le pareció, porque al momento dijo: Ya viene el 102.
En él llegó hasta la estación de Atocha, desde donde pensaba poder coger un tren esa misma tarde.
No había tenido tiempo apenas en pensar en lo que había hecho, aunque seguía pensando que Carmelo se lo había buscado. Se empeñó en seguir con Sonia, y Sonia solo podía ser suya.
Antes de abandonar para siempre a su antiguo amigo se llevó de una pila de libros y revistas que había en una silla lo que le había regalado a Carmelo en su último cumpleaños: una antología de poemas de Blas de Otero. En la primera página Julián había escrito: Felicidades, espero que cuando leas el poema 14 me regales tú un paseo po el Retiro.
Sabía que era un error, pero aún así se lo metió en el bolsillo de la sotana. Quizá esperaba aún ese paseo, de una forma u otra.
Atravesó la iglesia por el lateral contrario a la dirección por la que iban entrando los fieles y, una vez en la calle, el golpe de luz le hizo mirar hacia abajo.
Cuando llegó a la marquesina había tres personas esperando, pero no creyó reconocer a nadie en ellas. La señora mayor que por su expresión parecía que era quien llevaba mas tiempo esperando le miró un instante, o eso le pareció, porque al momento dijo: Ya viene el 102.
En él llegó hasta la estación de Atocha, desde donde pensaba poder coger un tren esa misma tarde.
No había tenido tiempo apenas en pensar en lo que había hecho, aunque seguía pensando que Carmelo se lo había buscado. Se empeñó en seguir con Sonia, y Sonia solo podía ser suya.
jueves, 23 de diciembre de 2010
SOBRE “ LA CARRETERA”, de Cormac McCarthy
Esta es una historia de amor y vida, que transcurre en un escenario de odio y muerte. El escritor nos acerca, a través de su magistral técnica narrativa, a un mundo que ha regresado a sus orígenes más animales, donde el único sentido es el del puro y simple instinto de supervivencia.
La oscuridad, la devastación, los grupos nómadas que practican el canibalismo y una atmósfera tóxica casi irrespirable, conforman un fresco que se nos presenta, a través de las precisas pinceladas del autor, en un escenario que recuerda a las más negras pinturas de Goya.
Esta descripción brutal, dantesca, llevada a las páginas con desapasionado y descarnado realismo, solo se rompe con los diálogos escuetos, a veces casi telegráficos, pero llenos de amor, aunque también de desesperanza, de las figuras centrales en la trama de la novela:
el padre enfermo y su hijo, al que trata de salvar por medio de una búsqueda incierta, que se convierte, a la vez en hilo conductor de la propia narración, en motor que lleva al padre a no sucumbir al abandono y la muerte.
Se trata, según sus propias palabras, de llegar al lugar donde " están los buenos", una búsqueda de personas afines, a los que la penuria y la catástrofe ( cualquiera que haya sido ésta ), no ha conseguido reducirlos al nivel de bestias.
El padre, a través del cuidado y del amor por el hijo, lleva " el fuego " allí donde la reconstrucción aún es posible. En esta historia, al revés que en el relato bíblico, es el padre el que sacrifica su vida por el mundo, el que convierte al hijo en nexo con el mundo de la luz.
La oscuridad, la devastación, los grupos nómadas que practican el canibalismo y una atmósfera tóxica casi irrespirable, conforman un fresco que se nos presenta, a través de las precisas pinceladas del autor, en un escenario que recuerda a las más negras pinturas de Goya.
Esta descripción brutal, dantesca, llevada a las páginas con desapasionado y descarnado realismo, solo se rompe con los diálogos escuetos, a veces casi telegráficos, pero llenos de amor, aunque también de desesperanza, de las figuras centrales en la trama de la novela:
el padre enfermo y su hijo, al que trata de salvar por medio de una búsqueda incierta, que se convierte, a la vez en hilo conductor de la propia narración, en motor que lleva al padre a no sucumbir al abandono y la muerte.
Se trata, según sus propias palabras, de llegar al lugar donde " están los buenos", una búsqueda de personas afines, a los que la penuria y la catástrofe ( cualquiera que haya sido ésta ), no ha conseguido reducirlos al nivel de bestias.
El padre, a través del cuidado y del amor por el hijo, lleva " el fuego " allí donde la reconstrucción aún es posible. En esta historia, al revés que en el relato bíblico, es el padre el que sacrifica su vida por el mundo, el que convierte al hijo en nexo con el mundo de la luz.
Apostillas en los dialogos
Hoy he estado discutiendo durante una hora y cuarto un detalle en un relato. Mi interlocutor decia que las apostillas en los dialogos rompen el ritmo, y se quejaba concretamente de una que a mi me parece crucial en el relato, así que estamos ante un caso de lo que tiene el autor en la cabeza y la imagen que consigue dibujar en la cabeza del lector. Son simplemente cinco palabras que han dado para setenta y cinco minutos de discusión. A continuación dejo el relato en cuestión y marco en negrita la apostilla de la discordia. Ya me contareis.
“Va uno andando por la calle con dos bolsas de basura y se encuentra con un amigo, y le dice “hombre, como te va la vida, pero chico ¿donde vas con dos bolsas de basura?” El tipo que estaba atado a la silla había dejado de escuchar en ese momento. El chiste no parecía demasiado bueno y el gordo de puños grandes no lo estaba contando muy bien. Una gran risotada le devolvió al mundo. Si odiaba algo era la gente que se reía de sus propias gracias.
- ¿No te ha hecho gracia? Riete un poco, anda, que no me gusta matar a gente triste.
- Perdona si no me río, pero es que me has partido los dos labios.
El gordo se encogió de hombros justo antes de montar la pistola.
- Aunque no te rías, supongo que te ha hecho gracia ¿verdad?
- Un chiste no me va a hacer feliz, si eso es lo que te preocupa.
El gordo puso una mano sobre la otra colgando en frente de su cuerpo y ladeó ligeramente la cabeza.
- ¿Y que puedo hacer yo que me lleve dos minutos y que te haga realmente feliz para que mueras contento?
- ¿en serio? ¿de verdad quieres saberlo? pues te lo cuento, hombre, y oye, si te aburres, me pegas un tiro y listo. Veras, llevo mucho en este negocio, así que muchas veces me he planteado como quisiera morir, y la verdad, nunca he llegado a ninguna conclusión. Aunque si algo he tenido claro es que nunca he querido morir en una mierda de almacén de chatarra como este. Pero ahora que lo pienso, no estaría mal morir mirando a las estrellas. ¿Por que no me matas ahí fuera?
El tipo gordo sonrió y meditó durante un segundo.
- No creo que se vean muchas estrellas desde aquí. Hay mucha luz.
El tipo de la silla intentó colocarse de la forma mas cómoda que encontró, pero los alambres con los que tenia atadas las manos le hacían mucho daño.
- Es octubre así que tendremos a Orión encima de nosotros. Tiene tres de las estrellas mas brillantes del cielo. Además ¿por que no lo intentas?
El gordo colocó la pistola en su funda debajo del sobaco y sacó al patio la silla con el tipo delgado y enjuto sentado en ella. Después volvió a entrar en el almacén para apagar las luces del gran patio que servía para almacenar restos de coches. Cuando volvió a salir llevaba la pistola en la mano otra vez.
- Ahí está. ¿ves esas cuatro estrellas encima de nosotros formando un cuadrado, con tres estrellas en linea dentro? eso es Orión ¿No te parece precioso? - Dijo el tipo enjuto sonriendo
- Yo es que de estas cosas no entiendo.
Contestó el gordo justo en el momento en el que levantaba la pistola para colocarla en la coronilla del que estaba en la silla y disparar una sola vez. Miró un momento al cielo, después de dirigió hacia el tanque donde se guardaba el aceite de motor usado donde tiró la pistola y luego se fué hacia la gran puerta del patio de desguaces. Antes de salir volvió nuevamente su cara hacia Orión.
- Joder, pues si que es bonito.
“Va uno andando por la calle con dos bolsas de basura y se encuentra con un amigo, y le dice “hombre, como te va la vida, pero chico ¿donde vas con dos bolsas de basura?” El tipo que estaba atado a la silla había dejado de escuchar en ese momento. El chiste no parecía demasiado bueno y el gordo de puños grandes no lo estaba contando muy bien. Una gran risotada le devolvió al mundo. Si odiaba algo era la gente que se reía de sus propias gracias.
- ¿No te ha hecho gracia? Riete un poco, anda, que no me gusta matar a gente triste.
- Perdona si no me río, pero es que me has partido los dos labios.
El gordo se encogió de hombros justo antes de montar la pistola.
- Aunque no te rías, supongo que te ha hecho gracia ¿verdad?
- Un chiste no me va a hacer feliz, si eso es lo que te preocupa.
El gordo puso una mano sobre la otra colgando en frente de su cuerpo y ladeó ligeramente la cabeza.
- ¿Y que puedo hacer yo que me lleve dos minutos y que te haga realmente feliz para que mueras contento?
- ¿en serio? ¿de verdad quieres saberlo? pues te lo cuento, hombre, y oye, si te aburres, me pegas un tiro y listo. Veras, llevo mucho en este negocio, así que muchas veces me he planteado como quisiera morir, y la verdad, nunca he llegado a ninguna conclusión. Aunque si algo he tenido claro es que nunca he querido morir en una mierda de almacén de chatarra como este. Pero ahora que lo pienso, no estaría mal morir mirando a las estrellas. ¿Por que no me matas ahí fuera?
El tipo gordo sonrió y meditó durante un segundo.
- No creo que se vean muchas estrellas desde aquí. Hay mucha luz.
El tipo de la silla intentó colocarse de la forma mas cómoda que encontró, pero los alambres con los que tenia atadas las manos le hacían mucho daño.
- Es octubre así que tendremos a Orión encima de nosotros. Tiene tres de las estrellas mas brillantes del cielo. Además ¿por que no lo intentas?
El gordo colocó la pistola en su funda debajo del sobaco y sacó al patio la silla con el tipo delgado y enjuto sentado en ella. Después volvió a entrar en el almacén para apagar las luces del gran patio que servía para almacenar restos de coches. Cuando volvió a salir llevaba la pistola en la mano otra vez.
- Ahí está. ¿ves esas cuatro estrellas encima de nosotros formando un cuadrado, con tres estrellas en linea dentro? eso es Orión ¿No te parece precioso? - Dijo el tipo enjuto sonriendo
- Yo es que de estas cosas no entiendo.
Contestó el gordo justo en el momento en el que levantaba la pistola para colocarla en la coronilla del que estaba en la silla y disparar una sola vez. Miró un momento al cielo, después de dirigió hacia el tanque donde se guardaba el aceite de motor usado donde tiró la pistola y luego se fué hacia la gran puerta del patio de desguaces. Antes de salir volvió nuevamente su cara hacia Orión.
- Joder, pues si que es bonito.
Una noche (sin adjetivos ni gerundios)
La puerta la abre una mujer de unos treinta años con una melena pelirroja que cae sobre sus hombros haciendo blucles. “¿Mamen? Hola, soy el amigo de Coke” digo con una sonrisa. Me invita a pasar a su casa. “Coke llegará tarde, pero estás en tu casa ¿quieres beber algo? yo voy a tomar un cosmopolitan”. Se lo agradezco y me siento en un sofá en el que, de sentarse dos personas, estas tendrían que tenerse mucho cariño. Cuando se dirige a la cocina veo que luz hace que su pelo tenga reflejos de distintos tonos de rojo cuando mueve la cabeza. Viste una falda negra de tubo por la rodilla, unas medias negras con costura, una camisa de hombre y un chaleco de lana gris.
- Perdona, no me he quitado los zapatos al entrar - digo al ver que está descalza.
Se mira los pies y sonríe, abre un armario y saca unos zapatos de charol rojos, planos. Se disculpa y dice que con las prisas olvidó calzarse.
Puedo ver como prepara los cocktail detrás de la barra de la cocina americana y la ofrezco mi ayuda. Ella hace la mezcla y yo agito la cocktelera. Me siento de nuevo en el sofá con una copa en la mano mientras ella pone un vinilo de Credence Clearwater Revival.
Se sienta a mi lado y comenzamos a charlar primero sobre amigos comunes, después sobre rock de los años sesenta. Hacemos un par de bromas sobre músicos muertos. Cuando la oigo reir lo único que me apetece es que ria mas. A pesar de que estoy en la casa de una desconocida me siento cómodo. No puedo ver ningún resto de suciedad por ninguna parte y cada cosa tiene su lugar.
Me fijo en un cuadro sobre la pared. Dice que es un Warhol autentico que consiguió en una subasta en Londres con el dinero que habia ahorrado para un coche.
Suena el timbre. Es Coke. Al entrar reparte risotadas, abrazos y besos. Mamen le ofrece un cosmopolitan.
- Que es ¿la cosa esa rosa que estais bebiendo?. Déjate de mariconadas y ponme un vodka con hielo. Joder, que limpio lo tienes todo. Un día tienes que venirte a casa y me la limpias. La casa, digo. Anda ¿Y esa mierda de cuadro? Pensaba que una chica como tú tendría mejor gusto.
Los dos ríen la primera gracia. Lo segundo lo dice en serio, aunque puede que lo primero tambien.
Durante la cena Coke cuenta un chiste sobre la polla mas grande del mundo. A los postres cuenta otro sobre la mayor mierda. Entre plato y plato enciende un cigarro sin pedir permiso, echando la cenica en una copa vacia.
Me despido con el último sorbo de te verde servido en un juego de procelana japonés. Creo que prefiero dejarlos disfrutar de la noche a ellos solos.
- Perdona, no me he quitado los zapatos al entrar - digo al ver que está descalza.
Se mira los pies y sonríe, abre un armario y saca unos zapatos de charol rojos, planos. Se disculpa y dice que con las prisas olvidó calzarse.
Puedo ver como prepara los cocktail detrás de la barra de la cocina americana y la ofrezco mi ayuda. Ella hace la mezcla y yo agito la cocktelera. Me siento de nuevo en el sofá con una copa en la mano mientras ella pone un vinilo de Credence Clearwater Revival.
Se sienta a mi lado y comenzamos a charlar primero sobre amigos comunes, después sobre rock de los años sesenta. Hacemos un par de bromas sobre músicos muertos. Cuando la oigo reir lo único que me apetece es que ria mas. A pesar de que estoy en la casa de una desconocida me siento cómodo. No puedo ver ningún resto de suciedad por ninguna parte y cada cosa tiene su lugar.
Me fijo en un cuadro sobre la pared. Dice que es un Warhol autentico que consiguió en una subasta en Londres con el dinero que habia ahorrado para un coche.
Suena el timbre. Es Coke. Al entrar reparte risotadas, abrazos y besos. Mamen le ofrece un cosmopolitan.
- Que es ¿la cosa esa rosa que estais bebiendo?. Déjate de mariconadas y ponme un vodka con hielo. Joder, que limpio lo tienes todo. Un día tienes que venirte a casa y me la limpias. La casa, digo. Anda ¿Y esa mierda de cuadro? Pensaba que una chica como tú tendría mejor gusto.
Los dos ríen la primera gracia. Lo segundo lo dice en serio, aunque puede que lo primero tambien.
Durante la cena Coke cuenta un chiste sobre la polla mas grande del mundo. A los postres cuenta otro sobre la mayor mierda. Entre plato y plato enciende un cigarro sin pedir permiso, echando la cenica en una copa vacia.
Me despido con el último sorbo de te verde servido en un juego de procelana japonés. Creo que prefiero dejarlos disfrutar de la noche a ellos solos.
Una noche (con adjetivos y gerundios)
La puerta la abre una mujer de unos treinta años rodeada de una impresionante melena pelirroja brillante. “¿Mamen? Hola, soy el amigo de Coke” digo con mi mejor sonrisa. Me invita a pasar amablemente a su casa. “Coke llegará tarde, pero estas en tu casa ¿quieres beber algo? yo voy a tomar un cosmopolitan”. Se lo agradezco y me siento en un cómodo pero pequeño sofá de su apartamento. Cuando se dirige a la cocina veo que viste con una falda negra de tubo por la rodilla, unas medias negras con costura, una camisa de hombre y un chaleco de lana gris.
- Perdona, no me he quitado los zapatos al entrar - digo al ver que va descalza.
Se mira a los pies y sonríe, abre un armario y saca unos zapatos de charol rojos, planos. Se disculpa y dice que con las prisas se olvidó calzarse.
Puedo verla preparando los cocktail detrás de la barra de la cocina americana y la ofrezco mi ayuda. Ella hace la mezcla y yo agito la cocktelera. Me siento de nuevo en el sofá con una copa en la mano mientras ella pone un vinilo de Credence Clearwater Revival.
Se sienta a mi lado y comenzamos a charlar primero sobre amigos comunes, después sobre rock de los años 60. Hacemos un par de bromas sobre músicos muertos. Su risa es agradable. A pesar de que estoy en la casa de una desconocida me siento cómodo. Todo está limpio y bien recogido, no hay nada fuera de su sitio.
Me fijo en un cuadro sobre la pared. Dice que es un Warhol autentico que consiguió en una subasta en Londres con el dinero que había ahorrado para un coche.
Suena el timbre. Es Coke. Entra dando risotadas y saludando efusivamente. Mamen le ofrece un cosmopolitan.
- Que es ¿la cosa esa rosa que estais bebiendo?. Déjate de mariconadas y ponme un vodka con hielo. Joder, que limpio lo tienes todo. Un día tienes que venirte a casa y me la limpias. La casa, digo. Anda, ¿y esa mierda de cuadro? Pensaba que una chica como tú tendría mejor gusto.
Los dos ríen la primera gracia. Lo segundo lo dice en serio, aunque puede que lo primero también.
Durante la cena Coke cuenta un chiste sobre la polla mas grande del mundo. A los postres cuenta otro sobre la mayor mierda. Entre plato y plato enciende un cigarro sin pedir permiso echando la ceniza en una copa vacía.
Me despido con el último sorbo de té verde servido en un juego de porcelana japonés, creo que prefiero dejarlos disfrutando de la noche a ellos solos.
- Perdona, no me he quitado los zapatos al entrar - digo al ver que va descalza.
Se mira a los pies y sonríe, abre un armario y saca unos zapatos de charol rojos, planos. Se disculpa y dice que con las prisas se olvidó calzarse.
Puedo verla preparando los cocktail detrás de la barra de la cocina americana y la ofrezco mi ayuda. Ella hace la mezcla y yo agito la cocktelera. Me siento de nuevo en el sofá con una copa en la mano mientras ella pone un vinilo de Credence Clearwater Revival.
Se sienta a mi lado y comenzamos a charlar primero sobre amigos comunes, después sobre rock de los años 60. Hacemos un par de bromas sobre músicos muertos. Su risa es agradable. A pesar de que estoy en la casa de una desconocida me siento cómodo. Todo está limpio y bien recogido, no hay nada fuera de su sitio.
Me fijo en un cuadro sobre la pared. Dice que es un Warhol autentico que consiguió en una subasta en Londres con el dinero que había ahorrado para un coche.
Suena el timbre. Es Coke. Entra dando risotadas y saludando efusivamente. Mamen le ofrece un cosmopolitan.
- Que es ¿la cosa esa rosa que estais bebiendo?. Déjate de mariconadas y ponme un vodka con hielo. Joder, que limpio lo tienes todo. Un día tienes que venirte a casa y me la limpias. La casa, digo. Anda, ¿y esa mierda de cuadro? Pensaba que una chica como tú tendría mejor gusto.
Los dos ríen la primera gracia. Lo segundo lo dice en serio, aunque puede que lo primero también.
Durante la cena Coke cuenta un chiste sobre la polla mas grande del mundo. A los postres cuenta otro sobre la mayor mierda. Entre plato y plato enciende un cigarro sin pedir permiso echando la ceniza en una copa vacía.
Me despido con el último sorbo de té verde servido en un juego de porcelana japonés, creo que prefiero dejarlos disfrutando de la noche a ellos solos.
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