sábado, 29 de enero de 2011
La tienda de besos
A los dos días me respondieron diciéndome que me presentara para hacer una entrevista, ¡una entrevista! Por fin alguien me había respondido. Allí me presente con mis mejores galas preparadas para la ocasión, ya se sabe, traje planchado, corbata y colonia de domingo. Al llegar a la calle que me habían indicado me encontré con el rótulo: “Entra y llévate el beso que quieras”. Me quedé paralizado, mirando aquella luz roja que parpadeaba sin parar. No sabía qué hacer, necesitaba el trabajo pero… ¿Qué significaba eso de llévate el beso que buscas? ¿Acaso tenia que pasar las horas baboseando a unos y a otros? No, no podía ser. Debía estar equivocado. Sería para otra cosa. Respiré hondo, traté de tranquilizarme y empujé la puerta.
- Buenos días- dije titubeando- ¿es aquí donde buscan un vendedor?
- Si si, pasa es aquí, encantada soy Mirian, en un momento viene el jefe, siéntate por favor.
Comencé a observar el local .Todo era rojo muy rojo, lleno de cajones hasta el techo, todos rojos, con dibujos de labios de todo tipo, por supuesto, rojos también. Los había finos, gruesos, carnosos, suaves, abiertos, cerrados, sensuales. No podía comprender que era todo aquello.
Al cabo de un rato, cuando ya me estaba familiarizando con el ambiente, apareció un hombre serio, alto y me llamó por mi nombre:
- Buenos días, usted debe ser Pablo, ¿verdad?
- Si,si, soy yo, dije nervioso.
- Venga conmigo por favor, acompáñeme.
La entrevista duró diez minutos, y durante ésta no entendí nada. Se limitó ha hacerme preguntas personales, que si me gustaba vender, que cuánto tiempo me había dedicado a la venta al público, que ha qué dedicaba mi tiempo libre, que si tenía pareja… y a decirme que tenia prisa, mucha prisa.
Salí como había entrado, sin saber nada, lo único que me quedó claro es que tenía que ser amable y sonreír a los clientes y sobretodo darles lo que pedían: el beso que buscaban. Y vender, vender mucho.
Al cruzar la puerta me dije: ufff..., demasiado extraño, no sé ni qué tengo que vender…descartado. A seguir buscando. Pero a la media hora sonó el teléfono diciéndome que el puesto era mío que en tres días tenía que incorporarme, y sin saber por qué dije que sí, que aceptaba, que estaba encantado. Y allí estaba yo, con un nuevo empleo del que no entendía nada, y con mi traje ridículo en mitad de la Gran Vía.
Estuve las dos noches anteriores sin pegar ojo, imaginándome como mis labios podían dar aquellos besos que los clientes pedían: morbosos, dulces, deseosos, calientes, sólo de pensarlo me ponía malo. No podré, no podré hacerlo. Me imaginaba a un hombre entradito en años pidiéndome:
- Guapo, quería uno ardiente y largo, ¡ah, y con lengua!
Sudaba, no podía cerrar los ojos. Las más absurdas situaciones me venían a la cabeza. Pero, ¿quién podía entrar a una tienda a comprar besos?¿ Eso no se regalaba? Pero, ¿cómo había acertado yo aquella locura?
- Bueno- me dije -, iré el primer día y no volveré.
Y llegó la tarde del lunes y allí me planté delante del rótulo rojo de nuevo. Me temblaban las manos y de repente mi boca se secó. Tiré de la puerta y la atmósfera me envolvió. Al verme entrar Mirian rápidamente abandonó el mostrador y me dijo:
- Hasta mañana, ¡que vendas mucho en tu primer día! ¡Adiós!
Me quedé solo en el local, lleno de aquellos labios que parecían interrogarme. Comencé a mirar hacia todos los lados, labios, labios y más labios. Me acerqué al primer cajón deseando ver que contenía. Y de repente, la puerta se abrió.
Primer cliente, y ni siquiera me había dado tiempo a ver las instrucciones que suponía, guardaban los cajones. Era una chica de unos treinta años, mona y con una sonrisa dulce, muy dulce.
- Buenas tardes
- Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle? Dije intentando disimular mi voz temblorosa.
- Buscaba un beso sorprendente, diferente, impresionante, que trasmita todas esas cosas que no se pueden decir con palabras.
Me quedé mirándola, parado, sin saber qué hacer. En mi cabeza se agolpaban los pensamientos, las sensaciones, nunca me habían pedido con aquel descaro y esa mirada de niña buena un beso así, bueno, ni así, ni de ninguna otra manera.
Respiré hondo, hice acopio del poco valor que tengo y salí del mostrador. Me acerqué lentamente. Ella me miraba sin pestañear. Acerqué mi boca seca y espesa a sus labios cálidos. Con la mayor delicadeza que encontré en la tormenta que había en mi cabeza deslicé mis labios sobre los suyos. Despacio, sentí el calor que trasmitían, su dulzura, su suavidad que rozaba contra mi boca ajada. Mi cabeza se olvidó de todo. Acompañando a mis torpes labios estaba mi mano sudorosa, tocando su mejilla. Fue un segundo, pero su olor a almizcle me embargó. Ella se apartó, me miro espantada, dudó, echó un paso hacia atrás, estiró su mano con fuerza y la estrechó contra mi cara. No podía creerlo, me ardía la mejilla y no entendía absolutamente nada, ¿tan mal lo había hecho?
- Descarado- fue todo lo que salió de su boca.
Yo debía parecer un imbécil, allí plantado, sin saber qué hacer, desconcertado, con la resaca calurosa que deja un tortazo oliendo todavía su perfume, y sin saber qué decir.
- Y ahora, si no te importa me das mi beso.
Cada vez estaba más confundido. ¿No le había sorprendido lo suficiente? ¿No había sido impresionante? Me temía que no. Pero ¿si no era eso? ¿Cómo iba yo a venderle otro beso? ¿Cómo se hacía eso?
Vi como recorría con su mirada todos los cajones de la tienda.
-Ése- me dijo-. Ése de ahí.
- Chico, estas aquí, te estoy pidiendo ése, el de ahí arriba, a la derecha.
Mis ojos siguieron a los suyos y, aunque mi mente estaba bloqueada, entendí que quería algo que estaba en ese cajón.
Avancé como pude, sin mirarla ni un segundo y esquivando la sonrisa que se escapaba de sus labios, me subí en la escalera de madera y tiré sin pensar de la manilla del cajón rojo.
No podía creerlo, aquello era lo que vendía, y yo comiéndome la cabeza y fantaseando para vender eso, simples y horteras tarjetas con labios pintados. Bajé lentamente aplastado por mi torpeza, por mi ignorancia, por mis tres días de incertidumbre, y por lo que acababa de hacer. ¿Cómo no se me había ocurrido preguntar? ¿Como no había mirado? Vender besos, me sonaba tan romántico y descabellado a la vez…
Deposité en el mostrador, cerca de sus manos, sin levantar los ojos, la tarjeta. Ella la abrió y sonó un sonoro beso.
- Muy bien, gracias, esto es lo que buscaba.
Le cobré cinco euros, eso sí lo sabía bien, el precio, cinco euros un beso y nueve si eran dos, y se marchó sin decir adiós.Su olor perduró en el ambiente y en mi mejilla durante toda la tarde, mientras yo continué perdido en el local emborrachándome de aquellos ridículos labios.
Esa tarde vinieron dos clientes más. Esta vez ya había aprendido la lección. Fui buscando la estupidez que me pedían, labios dibujados…con sonido…incluso algunos desprendían un olor a lavanda. Que simples somos, regalando besos de papel, y yo, qué soñador…aún recordaba la sensación que me produjo unas horas antes aquella chica al pedirme su beso, y sus carnosos labios…aun podía verlos entre los cajones rojos.
Había pasado casi un mes, había vendido ya los besos mas variopintos: sexys, tristes, amorosos, de venganza, de pasión, y día tras día me fui familiarizando con aquellas absurdas ilusiones que la gente compraba. Aún no entendía el por qué, pero ya, ni me lo planteaba. Sólo quería hacer caja para que mi jefe, que aparecía de ciento en viento, me felicitara por mis ventas.
Una tarde estaba repasando mentalmente cuál era el beso más vendido, cuál tenía más éxito; y andaba yo vagando de cajón en cajón cuando el aroma a almizcle de nuevo me paralizó. Había entrado, estaba allí, era ella. No recordaba bien su cara, pero si su inconfundible olor y su mano que estuvo en mi cabeza durante una semana.
- Buenas tardes
- Buenas tardes- dije yo impregnándome de su aroma.
- Vengo buscando un beso verdadero.
Le miré a los ojos y después me fui a los cajones, observándolos uno a uno,- esta vez no me pillas- pensé. Acerqué mi mano a uno de los clásicos: gruesos, rojos y carnosos.
- Este no me sirve, quiero uno verdadero.
Traje otro mas fino, más sensual, entreabierto.
- He dicho verdadero
Empecé a ponerme nervioso. No entendía por qué esa chiquilla de dulce sonrisa me ponía así. Busqué durante un minuto y volví con otro que parecía estar diciendo frases de amor.
- No, éste no.
Me di la vuelta, ya me estaba cansando el jueguecito, volví con otro sin mucho significado y cuando me giré para dárselo, estaba frente a mí, y sin mediar palabra me besó. Su olor volvió a atraparme y volví a sentir la humedad y suavidad de su boca, duró un instante, se apartó y me dijo sonriendo:
- Gracias es lo que buscaba. Un beso verdadero.
Y sin decir más, se marchó.
viernes, 28 de enero de 2011
Solo una fantasia
Dije mientras encendía un cigarrillo. Necesité tres intentos para conseguir que la llama saliese del mechero de gas.
- No me digas eso. Tú sabes que no puedo tener nada contigo - me dijo colocándose el flequillo detrás de la oreja.
- La verdad es que no entiendo porqué. Has estado con tíos peores que yo solo por no estar sola - dije con un gran suspiro.
- Me conoces bien. Ya deberias saber que soy de esas mujeres que hacen mas daño cuando aman que cuando rechazan. Es mejor que sigamos siendo amigos, o lo que seamos.
Estaba intentado ser condescendiente conmigo. Cogió el cigarrillo de mis labios, dio una calada y lo volvió a colocar donde estaba.
- ¿Quien habla aqui de amor? Yo te hablo de compañia. Lo que te ofrezco no tiene nada que ver con el amor. Tiene que ver con tener alguien con quien emborracharse los viernes. Tiene que ver con tener compañía los sabados por la noche. Con un polvo a la semana, si es que se me levanta. Tiene que ver con no estar solo. Y después, si se cruza alguien en tu camino, pues te vas con él, pero mientras tanto, viviré la fantasía de que me amas.
- No cowboy. El amor, aunque sea una fantasia, tambien es amor.
Tú serás la única ( Parte V )
La chica que le atendió, doblemente extrañada por el hecho de que un cura visitara su tienda, vestido de cura además, y de que en realidad no pareciera serlo, por mucho que fuera vestido así, pensaba también que el jersey no combinaba ni con la camisa ni con el pantalón, aunque tampoco estos últimos entre ellos, aunque no se lo dijo. Era amable, grácil, y con ese aire atractivo que tiene toda persona que se siente satisfecha consigo misma o muy segura de sí, una joven muchacha italiana a la que le costaba pronunciar la erre, y que la arrastraba de tal modo encantador (de hecho la convertía en una o gutural y dulce) que dabas ganas de quedarse allí a escucharla decir: proooobadorooooo, prooorobadoroooo todo el rato, cosa que Julián no solo no hizo sino que ni siquiera pensó hacer, ya que, en su mente, toda imperfección perdía, por el hecho mismo de serlo, toda posibilidad de tener algún efecto agradable.
En lugar de eso pagó puntualmente, salió del comercio y se dirigió a los siempre concurridos baños de la estación (que él ya conocía de antes por otras causas, secretas para todos), para cambiarse. Ya vestido de seglar salió a la superficie, en busca de un contenedor donde arrojar la bolsa de la tienda, con la sotana dentro, y el libro de Blas de Otero, que había dejado de tener importancia para él.
Regresó a la estación. La parsimonia y solidez de sus movimientos indicaba que seguía los dictados de una resolución interior bien definida, irrevocable. Había cambiado de idea sobre ese tren que solo unas horas antes había pensado coger. Basta de huidas, se había dicho, basta de trenes que no llegaban nunca a ninguna parte. El único que merecía la pena coger tenía nombre de mujer: Sonia.
No era el momento ahora de ponerse a pensar cuando y cómo se las iba a ingeniar para poder verla, pero tenía claro que era lo único que le interesaba. Después ya se vería.
Se sentó en la mesa de una cafetería y tardó casi una hora en redactar la carta donde iba a explicar (aún no sabía a quién), los motivos de todo lo ocurrido. Al terminar se acordó de un amigo de Carmelo, de quien solía hablarle a menudo; un antiguo compañero de Seminario, que seguía allí en labores más bien burocráticas. No le costó recordar su nombre: era el mismo de su primer padrastro, Javier Collada.
Desde el primer teléfono público que encontró llamó al seminario y preguntó por Javier. Le constaba que le conocía, que Carmelo le había hablado de él. Le dijeron que había salido, pero que volvería a eso de las ocho. Cuando colgó supo que no podía esperar más.
Cerca de la plaza de Atocha entró en un estanco y compró material de papelería, unos sellos, un bolígrafo (con el que había escrito la carta se lo había prestado la camarera de la cafetería), y, sin más por hacer en la calle, buscó una habitación en un hostal de la zona.
Una vez en ella (en el primer lugar donde lo intentó, una entera primera planta frente al Reina Sofía), metió los dos folios de la confesión en un sobre tamaño cuartilla, lo cerró, le plantó tantos sellos como para poder recibirse en cualquier país de la Unión Europea, y añadió a la dirección que se sabía de memoria la anotación “Para Javier Collado”. No puso remite.
Luego bajó a cenar al sitio más cercano, una cervecería de ambiente juvenil, donde liquidó en menos de un cuarto de hora un endeble plato combinado (dos huevos fritos diminutos, dos salchichas posiblemente recalentadas, ensalada), pagó dejando una escuálida propina y, fumándose un cigarro, el primero desde el crimen, regresó al hostal.
miércoles, 26 de enero de 2011
Recuerdos Olvidados
Fátima hizo a un lado la cesta de la costura. La rosa que estaba bordando en uno de los pañuelos de la señora podía esperar. Se pasó la mano por el sudoroso cuello y se ahuecó el pelo. Un leve frescor acarició su nuca. Aquella era una de las peores tardes de lo que llevaban de verano. Aun así, ella no renunciaba a estar en el patio a cambio de buscar la frialdad de las estancias más recónditas. Sabía que la mayoría de los criados pensaban que no estaba bien de la cabeza, que no era normal soportar aquellos calores sin ninguna necesidad, sin embargo, no iba a ser ella la que les explicara lo que sentía al poder estar en aquel lugar. No quería correr el riesgo de que su refugio fuera invadido por otra presencia que no fuera la de los niños.
Precisamente, en aquel momento, apareció su hija.
—Aisha, no corras —le avisó mientras la niña se escondía detrás de una de las columnas del patio.
—No le digas que estoy aquí —susurró estrechando sus brazos a lo largo de su cuerpo para hacerse menos visible.
Fátima se rió ante su inocencia.
—No va a hacer falta que yo hable, se te ve el vestido a la perfección.
La niña dio un pequeño chillido, salió de su escondite y se abalanzó hacia la estancia siguiente. La vio desaparecer a un lado del arco antes de que su perseguidor apareciera corriendo por el lado contrario.
—¿Dónde está?
La mujer se encogió de hombros con una sonrisa.
—No puedo decírselo. Ya sabe el señorito que forma parte de las normas.
—Vale —se conformó enfurruñado—. ¡Aisha, te encontraré! —gritó al aire, sin obtener respuesta alguna.
Salió corriendo y atravesó la puerta equivocada. Pronto regresaría, el Palacio de los Páez de Castillejo no era demasiado grande y el niño Rodrigo sabía que su compañera de juegos no tenía muchas opciones; las cocinas y las habitaciones de los criados eran su único refugio.
Fátima se giró y volvió a coger la tela dispuesta a continuar con su quehacer, pero antes de que le diera tiempo a dar una sola puntada, sintió su mirada. Desde el otro lado del arco, su hija la observaba con los ojos muy abiertos mientras sus regordetes dedos recorrían las figuras geométricas que decoraban la pared. La mujer sintió una punzada en su interior, sin embargo, hizo un esfuerzo para no pensar en ello.
—Te va a ver —le advirtió.
—Cuando vuelva, me escondo de nuevo. ¿Qué haces?
—¿No lo ves? Coser.
Rodrigo apareció como una exhalación. Aisha apenas tuvo tiempo de volver a ocultarse.
—¿Con quién hablabas? —Sin esperar respuesta, el muchacho comenzó a recorrer la galería del patio con mucha cautela—. Está aquí, lo se —farfulló para sí mismo.
El chico se acercó hasta el arco tras el que se ocultaba Aisha y atravesó el hueco de repente. Se oyeron gritos de triunfo y risas de entusiasmo. Después, se hizo el silencio.
Y, ante la seguridad de lo que estaba sucediendo detrás de aquella puerta, Fátima no pudo evitar volar hasta su niñez y sentir como unos labios, ya casi olvidados, rozaban los suyos trasportándola a otra realidad nunca alcanzada.
martes, 25 de enero de 2011
Tu serás la única (Parte IV)
No es una historia de amor
Mientras fumábamos intentaba detener la hemorragia de mi cara con una camiseta suya. Estabamos en silencio sentados en el sofá. Cuando aplasté la colilla en el cenicero la dije que se fuese a dormir un rato, ya me las apañaba yo con todo.
Cuando se levantó cuatro horas mas tarde la casa estaba recogida, los desperfectos arreglados y las heridas curadas. Me habia puesto una tirita en la ceja, que ya no sangraba y tenia metida la mano en una bolsa de guisantes conjelados para evitar la hinchazón de los nudillos. Se sentó a mi lado y me miró fijamente. Iba vestida con una camiseta blanca y unas bragas a juego.
- Vaya lio ¿eh?
- Pues si. ¿Me cuentas quien es el tío con el que me he partido la cara hoy? - la dije con cierto esfuerzo por culpa del labio.
- Es un poco largo.
- No se me ocurre nada mejor que hacer en una tarde de domingo.
- Pues nada. A este tío le conocí ayer por internet y me fui a tomar una copa con él. Parecia un tio de lo mas normal. Y nos enrrollamos. Y esta mañana le he pillado quitandose el condon mientras follabamos, cuando creia que no me iba a dar cuenta. Le he dicho que ni de coña, pero se ha puesto pesado. Y así es como hemos empezado a discutir, hasta que te has metido tú. Gracias, por cierto.
Mantuvo la cabeza agachada todo el tiempo que duró aquella explicación.
- Bueno, la próxima vez, elije mejor.
- Este parecia un tio normal.
- Si, todos lo parecemos.
- Y era majo.
- Si, todos lo somos. Hasta que dejamos de serlo.
Cojió el paquete de tabaco que estaba sobre la mesa de centro, delante del sofá, se encendió un cigarro y me ofreció otro.
- ¿Sabes que me has gustado desde siempre?
- Si. Y tu a mi. Esto ya lo hemos hablado.
- Ya, pero algo ha cambiado. Siempre te he dicho que te preferia como amigo por que eres demasiado ordenado. Mira que limpia tienes la casa, y tu ropa. Tu forma de vestir. Te falta un punto caotico como para ser de mi gusto.
- Bueno - dije riendome - ahora tengo un labio partido y una tirita en la ceja.
- Si, pues eso. Ese es el punto salvaje que te faltaba. No imaginaba que pudieses romperle tres dientes a un tío de un puñetazo. No se. He visto en tí algo que no conocia. Y me ha gustado.
La miré sin decir nada. Puse mi mano en su mejilla a la altura de la mandibula. Ella me miró sin decir nada. La di el beso mas doloroso que he dado en toda mi vida. Estuvimos en el sofá durante los siguientes quince minutos. Despues fuimos a mi habitación. Hicimos el amor durante toda la tarde y gran parte de la noche.
A las seís y media de la mañana salí de casa hacia la oficina. Habia dormido casi media hora. Asombrosamente, no tenía sueño. Me sentía lleno de vitalidad.
A las cinco de la tarde volví a casa y ella seguia en la cama. Me desnudé y me tumbé a su lado. En ese momento, entre el calor de su cuerpo y la suavidad de su piel contra la mia, no podía imaginar un lugar mejor en el mundo. Me despertó a las siete con un cigarro en la mano. Esta vez solo llevaba puesta la camiseta. Fumamos y volvimos a follar. Cuando acabamos nos fuimos a buscar unas cervezas.
A partir de ese día todo se volvió rutina. Iba a la oficina con un par de horas de sueño. Volvia a casa. Dormia otras dos horas. Follabamos. Nos inventabamos alguna fiesta. Seguimos manteniendo las largas charlas nocturnas que siempre habiamos tenido, solo que ahora las haciamos desnudos y debajo de las sabanas.
Así pasamos tres semanas. Las cicatrices de la pelea empezaban a desaparecer. Yo dejé de plancharme las camisas. Ella dejó de fumar marihuana.
Una noche estabamos cenando.
- ¿Te acuerdas de Marife? - me dijo - tiene un piso en alquiler, y es barato. Muy cerca de aquí.
- Bueno. Si se de alguien que lo pueda necesitar, lo tendré en cuenta.
- Es que verás - dijo dejando los cubiertos apollados en el plato - No puedo vivir con el tio con el que estoy liada, o bueno, no puedo estar liada con el tio con el que vivo. Es que no lo tengo claro y me agobio. Así que o lo dejamos o te vas.
Ella habia llegado primero al piso. Cuatro días después encontré otro piso. Recogí mis cosas y me marché. Antes de cerrar la puerta puse mi mano en su mejilla, a la altura de la mandibula y la besé. Esa fué la última vez que la vi. No volví a llamarla. Ella me mandó dos mensajes diciendome que teniamos que hablar, pero tampoco llegó a llamarme nunca.
lunes, 24 de enero de 2011
Una historia de cojones
I
Rogelio Fuentes caminaba hacia su oficina en el centro de la ciudad mexicana de Córdoba, Veracruz. Una niebla espesa, húmeda y caliente lo cubria todo, y ese era su clima favorito.
Cuando llegó, los dos tipos que habían ido a visitarle la semana anterior ya le estaban esperando. Recordaba sus motes, uno era “el güero”. Era el que llevaba la voz cantante, delgado y algo cetrino, vestía una chaqueta vaquera sobre una camisa de cuadros y un sombrero de palma. El otro era “el verijas”, algo mas alto y callado, tan gordo que llevaba los pantalones caidos, aunque quedaba bien disimulado con la guallavera que vestía .
- Buenos días, no esperaba volver a verlos por aquí. - dijo Rogelio, que necesitó tres intentos para meter la llave en la cerradura.
- Buenos días - contestó el güero - Vera usted, es que han habido problemas, pero pasamos y se lo cuento todo.
Dentro del despacho Rogelio tomó asiento en su sillón, detrás de su escritorio e invitó a los otros dos hombres a que se sentasen.
- Perdone. Esto pesa. - dijo el Verijas mientras sacaba una pistola calibre 45 de la cinturilla del pantalón y la ponía sobre la mesa. Aquello no asombró a Rogelio, ya que en la primera reunión hizo lo mismo.
- Creo que ha habido un mal entendido - comenzó a decir el güero - Verá, nosotros le dijimos que le aseguraríamos la llegada de su camión desde el puerto de Veracruz hasta aquí, y nos pagó lo que le dijimos, pero ese es el precio por camión y usted ha recibido dos, y eso no nos lo dijo, así que nos debe la misma cantidad que nos pagó antes. Sin contar con el almacén.
- ¿Como dice? - preguntó Rogelio sacudiendo la cabeza.
- Si hombre, claro, usted no es de por aquí, claro, las cosas en la madre patria seguro que son de otra forma. Pues verá, ese era el precio por proteger la mercancía desde el puerto hasta aquí. Pero el almacén, eso ya es otra cosa. Igual que para proteger el transporte, usted nos necesita para que guardemos su bodega, por que las cosas están muy mal, y hay mucho loco suelto, y sin nuestra protección acabará perdiendo toda su lana. Además, el vino que usted vende tiene pinta de ser caro.
- No habíamos hablado nada de eso antes ¿a que viene todo esto? Les pagué lo que me pidieron la primera vez pensé que... ¿que hace? - el güero había sacado una navaja y estaba grabando con ella una dos sobre el escritorio.
- Esto es lo que nos debe, no se olvide. - dijo apuntando con el arma hacia la cara de Rogelio. - En otras partes las cosas se hacen de forma diferente, pero aquí las hacemos así. La semana pasada mataron a catorce personas en una balacera. Estaban en una fiesta. Alguien hizo que otra persona se sintiese incomodo, y el que daba la fiesta lo pagó. Como usted no es de aquí, nosotros nos ocuparemos de que nadie se sienta mal con usted. ¿Entiende lo que le digo?
- Tranquilo hombre, solo ha sido un mal entendido. - dijo Rogelio mientras abría un cajón de su mesa y sacaba una caja donde guardaba billetes en efectivo. Comenzó a contarlos hasta completar la cifra que estaba sobre la mesa y se la entregó a los dos hombres.
- Con esto estamos en paz - dijo - espero que no tenga que volver a verles por aquí.
II
Rogelio Fuentes conducía su pickup por los caminos de la sierra que rodeaba la ciudad. Tomó el primer desvío que marcaba la entrada a un rancho. Conducía despacio para evitar golpear los bajos del coche al pasar los baches. A los laterales solamente había arboles y de vez en cuando se podía ver alguna mata silvestre de café. Cuando divisó una casa a unos cien metros se detuvo y aparcó la camioneta debajo de las ramas de un guapinole. Abrió la puerta despacio, la volvió a cerrar y metió la mano por la ventanilla para tocar varias veces el claxon. Unos minutos después dos hombres aparecieron de entre la espesura armados con un machete a la cintura , una escopeta de caza y una sonrisa cada uno de ellos. Rogelio sabia que aquel era el recibimiento habitual para los forasteros. Se lo advirtieron la primera vez que dijo que quería subir a la sierra.
- Buenos días - dijo Rogelio mientras rodeaba el vehículo para que los dos desconocidos pudiesen ver que no llevaba nada en las manos. - ¿Tienen ustedes mangos o plátanos?
- Buenos días. No señor, aquí no tenemos. Pero tenemos sandías si quiere. - contestó el que parecía mas viejo de los dos.
- ¿A que precio?
- A dos pesos el kilo.
- A uno y medio me llevo 400 kilos. ¿que le parece?
- Dos es el precio. - Contestó el desconocido.
- Se me hace un poco caro para la sandía. El mango tiene mejor margen. Oiga, me gusta su escopeta ¿me la vendería?
- ¿Y por que no se compra una en una tienda usted mismo, amigo?
- Bueno, por que ya no se hacen ese tipo de escopetas. Yo las colecciono, y esa parece que tiene los cañones de damasco. Todavía no tengo ninguna así.. Le puedo dar treinta mil pesos por ella. - dijo Rogelio alentándose unos pasos.
- Por cuarenta mil y los cuatro cientos kilos de sandía a dos, es suya.
Rogelio aceptó el trato y caminó hacia el hombre, que levantó el arma hasta que los cañones estuvieron en paralelo con el suelo. Después giró la palanca para abrirla y sacar los dos cartuchos sin percutir que tenia en su interior. Los tres cerraron el trato con un apretón de manos.
III
Rogelio dio la última calada al cigarro puro que se habia estado fumando. Miró su reloj y vió ya eran las ocho de la tarde. Cuando se preparaba para irse a casa alguien llamó a la puerta de la oficina. Antes de que pudiese abrir la boca, el Güero estaba dentro del despacho con otro hombre.
- Don Rogelio, amigo. Mira, te presento al señor Gutierrez. Pero no te levantes. Ya nos sentamos nosotros. Nuestro jefe está muy contento con tu negocio. Parece que te va bien, y si a ti te va bien, a nosotros también, claro.
- Bueno - dijo cuando el Güero acabó de alagar su gestión - gracias por todo, pero de momento creo que no necesitaré de sus servicios hasta el próximo envío.
- Pues ahí estamos, amigo Rogelio. La cosa es que como mi jefe es dueño de tres restaurantes por la zona, le interesaría tener parte en tu negocio. La venta de vino español en sus locales da mucha categoría, y con él a tu lado, venderás mucho más. Así que me envía para decirte que a partir de ahora, el veinte por ciento de los beneficios que saques van a ser para él. A cambio, mi jefe será cliente tuyo y facilitará que no pierdas los clientes que ya tienes. Aquí, el señor Gutierrez es su contador de confianza, y va a ser el hombre que lleve tus cuentas a partir de ahora.
- Hombre - contestó Rogelio - una cosa así tengo que pensarla.
- Parece que no lo has entendido. No hay nada que pensar. O lo haces así o lo vas a tener más difícil. ¿Quieres pensarlo? Bueno. Mira, te dejo aquí escrito el porcentaje para que no te olvides y mañana nos pasamos otra vez. Claro que mi jefe puede cambiar de opinión y resultar mas caro.
El Güero sacó su navaja y comenzó a tallar sobre la mesa.
- No creo que sea para ponerse así - dijo Rogelio mientras abría el cajón de su escritorio.
El Güero estaba muy acostumbrado a hacer ese tipo de trabajos, y sabia que la gente suele ponerse nerviosa cuando quiere engañarle de alguna forma, pero se muestran tranquilos cuando aceptan su destino, y Rogelio Fuentes ni siquiera estaba sudando. Tampoco le temblaban las manos cuando le apuntó con la escopeta de cañones recortados que el Güero no tenia claro de donde habia salido. Este se llevó una mano a la los riñones, pero no le dio tiempo a sacar nada cuando la rosa de perdigones se estrelló contra su pecho. Rogelio giró la escopeta hacia el otro hombre, que levantó su mano izquierda como si eso fuera a detener el plomo, mientras que con la otra buscaba algo dentro de su chaqueta. Después del disparo, sus dedos desaparecieron convertidos en una masa viscosa que voló por toda la habitación, junto con parte de su cara. Rogelio arrojó la escopeta al suelo y cogió la navaja que estaba sobre la mesa. Se acercó primero al hombre que acababa de conocer. Respiraba, pero había perdido el conocimiento. Le hizo un corte a un lado del cuello y un chorro de sangre salpicó una pared. Después se dirigió al Güero, que luchaba por respirar debido al impacto. Rogelio lo miró durante un instante. El Güero tosió y se escuchó en su interior un ruido como el de una cañería atascada. Volvió a toser y de su boca salió un borbotón de sangre. Después, todo quedó tranquilo.
IV
Rogelio Fuertes estaba pasando la mañana del domingo cuidando del jardín de su casa. Un coche patrulla se detuvo delante de la puerta. Vió como dos agentes municipales se bajaban y se dirigían hacia el.
- ¿Es usted Don Rogelio Fuentes? - dijo el agente que parecía mas viejo, desde el otro lado de la verja que rodeaba el jardín.
- Si señor ¿puedo ayudarle el algo? - contestó Rogelio clavando el azadón que tenia en la mano en el suelo.
- Pues quiero hacerle un par de preguntas.
Rogelio abrió la puerta y el agente entró mientras que el otro quedó esperando junto al coche.
- ¿Conoce usted a un tal Rigoberto Sanchez, al que llaman el Güero? - comenzó preguntando el agente.
- Si señor, ha estado varias veces en mi oficina
- ¿Y se puede saber para qué iba a su oficina?
- Digamos que se ocupaba de la seguridad de mi negocio. De vez en cuando venia y me pedia dinero a cambio de protección.
- ¿Y usted pagaba? - dijo el agente echandose la gorra un poco hacia atrás
- Pues si. ¿que otra cosa podia hacer?
- ¿Y conoce a un tal Carlos Gutierrez?
- Pues no acabo de estar seguro. La última vez que el güero vino a verme venia acompañado de un tal Gutierrez. No se si será por el que usted me pregunta.
- ¿Y que querian? - dijo el policia, quitandose la gorra definitivamente.
- Dinero. Lo de siempre.
- ¿Y pagó?
- Claro. Pagué. Dos cientos mil pesos.
- Y supongo que no sabe lo que ocurrió después - continuó preguntando, mientras miraba por encima de su hombro para comprobar que su compañero seguia en su sitio.
- Se marcharon con el dinero. Y aquella fué la última vez que les vi.
- Claro. Hemos encontrado el cadaver del tal Gutierrez tirado en una cuneta con un disparo de postas y degollado, y el güero ha desaparecido ¿Se le ocurre que puede haber pasado?
Rogelio se quitó la gorra y se rascó la coronilla durante un instante. Después se la volvió a colocar.
- ¿Por que iba a tener que saberlo? Como digo, cuando se marcharon fué la última vez que les vi.
- Bueno, pues es raro, por que el güero es famoso por ser fiable como cobrador. Y el otro solamente es un contador. Claro que es mucha lana la que manejaban. Quizá se volviese codicioso.
- Yo no le conocia, así que en eso no puedo ayudarle - Dijo Rogelio mientras cogia el azadón.
- ¿Sabe usted que el jefe de esta gente es gente peligrosa? un hombre con cojones.
- Supongo que siempre hay alguien con mas cojones. O mas insensato. Eso es lo bueno de este país. En el mio, si alguien quiere joderte, necesitas un buen abogado y mucho tiempo, pero aquí solo hacen falta dos huevos bien puestos.
- Si, en eso tiene razón. - contestó el policia riendo. - ¿Y que va a pasar si alguien mas quiere extorsionarle?
- Bueno - dijo Rogelio volviendo a cavar la tierra - Supongo que mas gente se volverá codiciosa.
El agente se rascó la nuca, se colocó de nuevo la gorra y colgó los pulgares de la hebilla del cinturón.
- Tenga mucho cuidado. - Dijo al fin - Y la próxima que necesite protección venga a verme. Le aseguro que le saldrá mas barato.
Desde el coche patrulla, los dos agentes pudieron ver por última vez a Rogelio Fuentes de pie en el centro de su jardín encendiendo un gran puro.