El coche con la matrícula falsificada finalmente se detuvo delante del nuestro con un frenazo más bien brusco. Era un robusto 4x4 azul marino, cuya marca no me sonaba de nada. Daba la sensación de que no volvería a moverse de allí durante mucho tiempo. Estábamos en una carretera secundaria que no conocíamos, camino de un encuentro con unos amigos.
Al frenar, su parte trasera se nos presentó nítidamente. Amanda y yo seguimos con la mirada clavada en la matrícula; era difícil no hacerlo ya que era exactamente la misma que la nuestra.
Desde que nos dimos cuenta, y después del shock inicial, no habíamos hecho más que discutir sobre lo que debíamos hacer. Pararnos, dar la vuelta, hacerle señales o llamar a la policía. O seguir adelante. Seguimos adelante, con la mirada clavada en la placa, en nuestra placa.
Al pararnos nos miramos. Buscábamos en el otro una pista sobre qué hacer. Nos mantuvimos en silencio. El silencio lo envolvía todo. De delante de nosotros, tras el cristal, una presencia inesperada nos impedía el paso. ¿Por qué? ¿Qué quería de nosotros?
Una densa niebla comenzó a envolverlo todo. Se estaba levantando con tal rapidez que daba la sensación de que el 4X4 la estaba haciendo salir desde los tubos de escape. Al poco dejamos de verlo, y en un momento todo lo que nos envolvía afuera era una enorme masa blanca, tan blanca que costaba creer que no fuera sólida.
Encendí la radio, en un extraño gesto, supongo que para distraer el terror. Los dedos apenas acertaban con los botones. Un sonido sibilante dio paso a una voz de hombre, y a una indicación muy clara, dirigida a nosotros. Hablaba de una forma amable, casi cantarina.
No había muchas posibilidades. Hicimos lo que nos dijo. Al rato, exhaustos, casi jadeantes, vimos al coche alejarse de nosotros.
jueves, 24 de noviembre de 2011
miércoles, 23 de noviembre de 2011
Bukowski y la creación.
Aire y luz y tiempo y espacio.
dieciséis horas al día en una mina de carbón
o
vas a crear en un cuarto pequeño con tres niños
mientras que estas
cobrando el paro,
vas a crear con parte de tu mente y de tu cuerpo
destrozados,
crearás ciego,
mutilado,
demente,
vas a crear con un gato trepando por tu
espalda mientras
la ciudad entera tiembla en terremotos, bombardeos,
inundaciones y fuego.
cariño, aire y luz y tiempo y espacio
no tienen nada que ver con esto
y no crean nada, excepto quizás una vida mas larga para encontrar
nuevas excusas.
Como ser un gran escritor
tienes que follar con muchas mujeres
bellas mujeres
y escribir unos pocos poemas de amor decentes
y no te preocupes por la edad
y/o los nuevos talentos.
sólo bebe más cerveza más y más cerveza.
ves al hipódromo por lo menos una vez
a la semana
y gana
si es posible.
aprender a ganar es difícil,
cualquier idiota puede ser un buen perdedor.
y no olvides tu Brahms,
tu Bach y tu
cerveza.
no te esfuerces.
duerme hasta el mediodía.
evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa a tiempo.
acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares.
y si tienes capacidad de amar
amáte a ti primero
pero siempre ten en cuenta la posibilidad de
la derrota total
ya sea por buenas o malas razones.
un sabor temprano de la muerte no es
necesariamente
algo malo.
quédate fuera de las iglesias y los bares y los
museos
y como las araña se
paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
mas
el exilio
la derrota
la traición
toda esa basura.
quédate con la cerveza
la cerveza es sangre continua.
una amante continua.
consigue una máquina de escribir grande
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa
dale duro.
haz de eso una pelea de peso pesado.
haz como el toro en la primer embestida.
y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievsky, Hamsun.
si crees que no se volvieron locos en habitaciones
pequeñas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza...
entonces no estás listo
bebe más cerveza.
hay tiempo.
y si no hay
está bien
igual.
"-ya sabes, no he tenido una familia, un trabajo,
algo siempre se ha puesto en el
camino
pero ahora
he vendido mi casa, he encontrado este
lugar, un gran estudio, deberías ver el espacio y
la luz.
por primera vez en mi vida voy a tener
un lugar y el tiempo para
crear."
no, cariño, si vas a crear
vas a crear si trabajasdieciséis horas al día en una mina de carbón
o
vas a crear en un cuarto pequeño con tres niños
mientras que estas
cobrando el paro,
vas a crear con parte de tu mente y de tu cuerpo
destrozados,
crearás ciego,
mutilado,
demente,
vas a crear con un gato trepando por tu
espalda mientras
la ciudad entera tiembla en terremotos, bombardeos,
inundaciones y fuego.
cariño, aire y luz y tiempo y espacio
no tienen nada que ver con esto
y no crean nada, excepto quizás una vida mas larga para encontrar
nuevas excusas.
Como ser un gran escritor
tienes que follar con muchas mujeres
bellas mujeres
y escribir unos pocos poemas de amor decentes
y no te preocupes por la edad
y/o los nuevos talentos.
sólo bebe más cerveza más y más cerveza.
ves al hipódromo por lo menos una vez
a la semana
y gana
si es posible.
aprender a ganar es difícil,
cualquier idiota puede ser un buen perdedor.
y no olvides tu Brahms,
tu Bach y tu
cerveza.
no te esfuerces.
duerme hasta el mediodía.
evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa a tiempo.
acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares.
y si tienes capacidad de amar
amáte a ti primero
pero siempre ten en cuenta la posibilidad de
la derrota total
ya sea por buenas o malas razones.
un sabor temprano de la muerte no es
necesariamente
algo malo.
quédate fuera de las iglesias y los bares y los
museos
y como las araña se
paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
mas
el exilio
la derrota
la traición
toda esa basura.
quédate con la cerveza
la cerveza es sangre continua.
una amante continua.
consigue una máquina de escribir grande
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa
dale duro.
haz de eso una pelea de peso pesado.
haz como el toro en la primer embestida.
y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievsky, Hamsun.
si crees que no se volvieron locos en habitaciones
pequeñas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza...
entonces no estás listo
bebe más cerveza.
hay tiempo.
y si no hay
está bien
igual.
martes, 22 de noviembre de 2011
El Cerco
Al comienzo de la época de nieves, el Poblado fue rodeado por las hordas de la tribu rival. Acamparon alrededor con todas sus armas y no dejaban salir a nadie. Pronto comenzaron a escasear los víveres y la situación fue haciéndose insostenible.
El Jefe del poblado, Kuma, que había sido elegido por el Consejo de Sabios solo dos temporadas antes, no sabía muy bien qué hacer. Intentó muchas estrategias, pero ninguna de ellas terminó dando resultado. Envió a sus mejores guerreros a internar abrir una salida, pero todo fue en vano. También ordenó excavar túneles con el fin de salvar la línea enemiga, pero todos los pobladores que lo intentaron fueron atrapados y ejecutados.
El anterior jefe del poblado, Marimba, no hacía gran cosa para ayudar a salir de la situación. El y los suyos, los integrantes del clan que había resultado derrotado en la anterior elección de Gran Jefe, solo esperaban y no decían ni proponían nada, tan solo repetían una y otra vez que la situación no podía continuar así.
El tiempo pasó y gracias a la astucia de algunos pobladores disfrazados la gente del poblado no sucumbió al hambre, ya que en redadas nocturnas conseguían hacerse con algunas provisiones, cazando animales. Aún así, la situación era crítica.
La temporada siguiente, para tratar de dar solución al cerco de la tribu rival, el Consejo de sabios convocó una asamblea. Duró toda la noche. En ella se decidió que Kuma fuera apartado del poder, y que lo ostentara, de ahí en adelante, Marimba.
Hubo grandes celebraciones por parte de Marimba y su clan, pero pronto se vio que todo había sido en vano.
El Jefe del poblado, Kuma, que había sido elegido por el Consejo de Sabios solo dos temporadas antes, no sabía muy bien qué hacer. Intentó muchas estrategias, pero ninguna de ellas terminó dando resultado. Envió a sus mejores guerreros a internar abrir una salida, pero todo fue en vano. También ordenó excavar túneles con el fin de salvar la línea enemiga, pero todos los pobladores que lo intentaron fueron atrapados y ejecutados.
El anterior jefe del poblado, Marimba, no hacía gran cosa para ayudar a salir de la situación. El y los suyos, los integrantes del clan que había resultado derrotado en la anterior elección de Gran Jefe, solo esperaban y no decían ni proponían nada, tan solo repetían una y otra vez que la situación no podía continuar así.
El tiempo pasó y gracias a la astucia de algunos pobladores disfrazados la gente del poblado no sucumbió al hambre, ya que en redadas nocturnas conseguían hacerse con algunas provisiones, cazando animales. Aún así, la situación era crítica.
La temporada siguiente, para tratar de dar solución al cerco de la tribu rival, el Consejo de sabios convocó una asamblea. Duró toda la noche. En ella se decidió que Kuma fuera apartado del poder, y que lo ostentara, de ahí en adelante, Marimba.
Hubo grandes celebraciones por parte de Marimba y su clan, pero pronto se vio que todo había sido en vano.
jueves, 3 de noviembre de 2011
Seamos amigos.
Estábamos sentados en el sofá de mi casa. Cuando pasó su lengua por el pegamento del papel de fumar alargué mi mano para coger la bolsa con el tabaco.
- Fúmate este. Ya hago yo otro.- dijo, ofreciéndome el cigarro que tenia en la mano. Lo encendí y le dí una calada. Luego se lo puse en los labios para que ella diese otra mientras ponía tabaco sobre un papel.
- Así que no se lo que hacer. - dijo - Me gustaría tener un compañero sexual estable, con el que haya algo mas que solo follar. No es que quiera tener novio, o algo así. No quiero sentirme atada. Pero es que los tíos con los que me acuesto, si les pregunto que si quieren ir a tomar algo, o se asustan, o se enamoran.
- ¿Y por que no follamos tu y yo? - dije después de dar otra calada.
- ¿Contigo? no me apetece. No se. Estoy muy a gusto con esto que tenemos.
- ¿Y que tenemos?
- Pues somos amigos ¿no? Nos vemos dos o tres veces a la semana, y hablamos todos los días. Esto me gusta, por que no me siento sola, y el sexo lo complicaría todo.
Acabamos de fumar en silencio, terminando de ver la película que ponían en la televisión y que hasta ese momento no habíamos hecho ningún caso. En los títulos de crédito la miré y estaba dormida. La música la despertó. Miró a su al rededor.
- Joder, que sueño. ¿Te importa si me quedo a dormir? - dijo, estirando sus brazos hacia el techo.
- Ya sabes que no.
Fuimos juntos a la habitación. Abrió el armario y sacó una camiseta negra, descolorida y algo rota del segundo cajón. Después se fue al cuarto de baño mientras que yo me desnudaba y me metía debajo del edredón en calzoncillos.
Cuando volvió me fijé que aquella camiseta tenía algún tipo de patrón especial, o quizá fuese el cuerpo de ella que la deformaba para obligarla a ajustarse a sus curvas. Aquella prenda, unos calcetines negros y unas bragas era todo lo que llevaba puesto, como siempre que se quedaba a dormir. Saltó por encima de mi para poder llegar al lado de la cama que estaba mas cercano a la pared. Su lado de la cama.
Nos dimos las buenas noches y apagué la luz.
- ¿Decías en serio lo de tener sexo juntos? - dijo después de unos minutos. - ¿Me has oido?
- Si, te he oído - supongo que tardé mucho en contestar - no, no lo decía en serio, solo quería ayudarte con tu problema. ¿Porque lo preguntas?
Ahora era ella la que se había quedado en silencio.
- No, por nada. Es que no quería que te sintieses mal. Bueno. Así mejor.
A mi me costó dormirme, y ella también se mantuvo despierta durante mucho tiempo.
A la mañana siguiente me levanté y me vestí. Antes de salir por la puerta me puse de cuclillas junto a la cama, la miré a la cara durante un instante, tratando de adivinar donde estarían sus labios en la penumbra.
- Me voy a quedar un rato. No quiero levantarme tan temprano. Hoy no.
- Ya lo se. Te he dejado café recién hecho, y ya sabes donde está lo demás. -la dije
Cerré la puerta de la calle intentando no hacer ningún ruido.
martes, 11 de octubre de 2011
Calle Orense
Como una de las hermanas pequeñas del paseo de la Castellana, a la que flanquea a su izquierda desde los Nuevos Ministerios hasta las inmediaciones de la Plaza de Castilla, la calle Orense es una larga recta que une el tráfico furioso de Raimundo Fernández Villaverde con la apacible Rosario Pino, en la que desemboca.
Sin embargo al hacerlo no es ya la calle tumultuosa que era en sus inicios. Parece haber ido evolucionando desde el jolgorio de la primera juventud hasta la calma final de la edad madura: el general Perón, con su arrogante salida desde Castellana, hizo de ella dos, fiel a su ímpetu militar.
Vista en conjunto es solo una más, una mezcla de asfalto, ladrillo, acero y hormigón.
Oficinas y edificios de viviendas alzándose a derecha e izquierda, y bajo ellas, en espacios desigualmente repartidos, pequeñas tiendas y franquicias millonarias, conviviendo aún, quien sabe cómo.
Vehículos avanzando y parándose en espasmódicas remesas, y transeúntes yendo y viniendo, como en otras tantas calles de Madrid. A ratos, los residentes, como extranjeros en tierra propia, tratan de hacer vida de barrio, allá donde pueden.
Y luego están ellos, el detalle crucial que la hace distinta: los soportales. Salvando la Plaza Mayor, es raro encontrarlos en la capital, al menos en espacios comerciales de la zona centro.
Ahora me llega el recuerdo de montones de soportales recorridos en aciagos y memorables días de infancia y adolescencia. Y lo que queda de ellas es un poso familiar y entrañable hacia esas galerías, que las evoco siempre, no sé porqué, de noche y lloviendo.
Esos soportales de la calle Orense son reductos ahora donde al pasear por ellos aflora algo del aquellos antiguos sentimientos, aunque sean ya tantos los años transcurridos. Hablan de protección, de guarecerse un poco de la violencia de la ciudad, o de la vida.
Sin embargo al hacerlo no es ya la calle tumultuosa que era en sus inicios. Parece haber ido evolucionando desde el jolgorio de la primera juventud hasta la calma final de la edad madura: el general Perón, con su arrogante salida desde Castellana, hizo de ella dos, fiel a su ímpetu militar.
Vista en conjunto es solo una más, una mezcla de asfalto, ladrillo, acero y hormigón.
Oficinas y edificios de viviendas alzándose a derecha e izquierda, y bajo ellas, en espacios desigualmente repartidos, pequeñas tiendas y franquicias millonarias, conviviendo aún, quien sabe cómo.
Vehículos avanzando y parándose en espasmódicas remesas, y transeúntes yendo y viniendo, como en otras tantas calles de Madrid. A ratos, los residentes, como extranjeros en tierra propia, tratan de hacer vida de barrio, allá donde pueden.
Y luego están ellos, el detalle crucial que la hace distinta: los soportales. Salvando la Plaza Mayor, es raro encontrarlos en la capital, al menos en espacios comerciales de la zona centro.
Ahora me llega el recuerdo de montones de soportales recorridos en aciagos y memorables días de infancia y adolescencia. Y lo que queda de ellas es un poso familiar y entrañable hacia esas galerías, que las evoco siempre, no sé porqué, de noche y lloviendo.
Esos soportales de la calle Orense son reductos ahora donde al pasear por ellos aflora algo del aquellos antiguos sentimientos, aunque sean ya tantos los años transcurridos. Hablan de protección, de guarecerse un poco de la violencia de la ciudad, o de la vida.
miércoles, 14 de septiembre de 2011
Inspiración y la fotofobia de Almodóvar
Alves, el antiguo albañil reconvertido en escritor se atusó la perilla con cansada desidia mientras intentaba dar con su nuevo personaje. Se encontraba de pie, quieto, mirando a través de la ventana de su estudio. Ésta daba a un patio interior hosco y desvencijado, el patio que había sido la patria chica donde habían brotado, mágica, instantáneamente, los personajes que habían poblado sus dos novelas anteriores, escritas allí.
Permaneció en esa postura unos minutos, y luego cerró los ojos, para aliviar la creciente tensión que sentía en ellos. Ese fue tal vez el intervalo que necesitó Almodóvar para comenzar su ascenso desde el mugriento suelo del patio hasta la tercera planta, donde Alves le esperaba, aún sin saber que se trataba de él.
El director se elevó encaramado en una densa voluta de humo de pipa, con unas oscuras gafas presidiendo su redonda cara, y, posándose decididamente en el alféizar de la ventana, le saludó, con aires de suficiencia y encanto a partes iguales:
- Hola. Un poco más y me mato. A ver si hacéis algo con esta casa, que se os va a caer encima el día menos pensado. Disculpa por presentarme así, con gafas de sol en plena noche, pero no soporto ni una partícula de luz. Sufro de fotofobia. Sufro de fotofobia, sufro de fotofobia, tengo la impresión de no decir otra cosa desde este último año.
Alves sonrió, recogió el testigo que le habían tendido tras el cristal, y, apartando la vista del patio, regresó a la blanca luminosidad de la pantalla del ordenador, donde empezó a teclear:
”Almodóvar se levantó de la silla una vez más. El esbozo del personaje no le convencía nada. Necesitaba otra cosa para esa escena del guión inicial escrito a medias con su hermano, que debía estar terminada para el día siguiente por la tarde.
Finalmente se detuvo frente a la ventana del despacho, corrió la cortina y se dedicó unos minutos a contemplar el trabado tráfico, que llenaba casi completamente la calle. Le iba venciendo el sueño, la noche anterior había dormido cuatro horas escasas, y durante un momento se durmió literalmente, allí de pie, frente al cristal.
Un coche, un escarabajo descapotable rojo, aparcó indebidamente justo frente a su portal, y de él vio bajarse a un hombre. Era corpulento y llevaba sombrero de fieltro de ala ancha; parecía llevarlo para afianzar expresamente la impresión de robustez que transmitía. Rostro cuadrado y difuso aspecto de hostilidad. Llevaba perilla, una recortada y gris sobre el anguloso mentón; en cierta forme tenía aspecto de matón.
El hombre miró un momento hacia donde él estaba, y durante ese instante, Almodóvar pensó que sus miradas se habían cruzado. Al momento sin embargo se dio cuenta de que seguramente no, a causa de los destellos de los últimos y oblicuos rayos de la tarde.
Se colocó la mano derecha a modo de visera y observó de nuevo al hombre, que en ese momento se subía al coche. Arrancó y se perdió en el ordenado caos de la ciudad. Él se sentó de nuevo y se concentró en un punto indefinido de la pantalla del ordenador, antes de empezar a escribir”.
Permaneció en esa postura unos minutos, y luego cerró los ojos, para aliviar la creciente tensión que sentía en ellos. Ese fue tal vez el intervalo que necesitó Almodóvar para comenzar su ascenso desde el mugriento suelo del patio hasta la tercera planta, donde Alves le esperaba, aún sin saber que se trataba de él.
El director se elevó encaramado en una densa voluta de humo de pipa, con unas oscuras gafas presidiendo su redonda cara, y, posándose decididamente en el alféizar de la ventana, le saludó, con aires de suficiencia y encanto a partes iguales:
- Hola. Un poco más y me mato. A ver si hacéis algo con esta casa, que se os va a caer encima el día menos pensado. Disculpa por presentarme así, con gafas de sol en plena noche, pero no soporto ni una partícula de luz. Sufro de fotofobia. Sufro de fotofobia, sufro de fotofobia, tengo la impresión de no decir otra cosa desde este último año.
Alves sonrió, recogió el testigo que le habían tendido tras el cristal, y, apartando la vista del patio, regresó a la blanca luminosidad de la pantalla del ordenador, donde empezó a teclear:
”Almodóvar se levantó de la silla una vez más. El esbozo del personaje no le convencía nada. Necesitaba otra cosa para esa escena del guión inicial escrito a medias con su hermano, que debía estar terminada para el día siguiente por la tarde.
Finalmente se detuvo frente a la ventana del despacho, corrió la cortina y se dedicó unos minutos a contemplar el trabado tráfico, que llenaba casi completamente la calle. Le iba venciendo el sueño, la noche anterior había dormido cuatro horas escasas, y durante un momento se durmió literalmente, allí de pie, frente al cristal.
Un coche, un escarabajo descapotable rojo, aparcó indebidamente justo frente a su portal, y de él vio bajarse a un hombre. Era corpulento y llevaba sombrero de fieltro de ala ancha; parecía llevarlo para afianzar expresamente la impresión de robustez que transmitía. Rostro cuadrado y difuso aspecto de hostilidad. Llevaba perilla, una recortada y gris sobre el anguloso mentón; en cierta forme tenía aspecto de matón.
El hombre miró un momento hacia donde él estaba, y durante ese instante, Almodóvar pensó que sus miradas se habían cruzado. Al momento sin embargo se dio cuenta de que seguramente no, a causa de los destellos de los últimos y oblicuos rayos de la tarde.
Se colocó la mano derecha a modo de visera y observó de nuevo al hombre, que en ese momento se subía al coche. Arrancó y se perdió en el ordenado caos de la ciudad. Él se sentó de nuevo y se concentró en un punto indefinido de la pantalla del ordenador, antes de empezar a escribir”.
lunes, 5 de septiembre de 2011
Día de tormenta
Cuando oyeron el primer trueno, los dos compañeros de Elias no pudieron evitar mirarle. Este no levantó la cabeza del documento que estaba leyendo, pero comenzó a tamborilear con sus dedos sobre la mesa. Los otros dos hombres se miraron entre ellos y siguieron trabajando. Oyeron un segundo trueno y escucharon a Elias suspirar.
- Oye ¿os apetece un café? yo voy a tomarme uno ¿os bajáis conmigo?
Elias no dijo nada.
- Yo si me tomaría uno ¿que dices tu? - dijo el otro hombre.
- Tengo que terminar esto.
- Venga, si van a ser treinta minutos.
Elias no contesto a eso. Siguió con la cabeza agachada. Volvieron a escuchar otro estruendo.
- ¿Visteis el partido de ayer? Que bien juega ese chico nuevo.
- Si, un genio, cada vez que coje la pelota... ¿tú que dices Elias? fue muy bueno
Dijo algo, pero no lo oyeron. La tormeta cada vez estaba mas cerca.
- ¿Como has dicho?
- Que no lo vi.
Los dos hombres vieron como empezaba a temblar ligeramente. Uno de ellos hizo como que se le caía un bolígrafo y se agachó a recogerlo. Elias estaba moviendo compulsivamente una de sus piernas.
- Creo que va a ser mejor que os vayáis a tomar ese café. Yo tengo que cosas que hacer. Ya lo sabéis.
- Pero Elias...
- Tranquilos - dijo interrumpiendo - voy a estar bien. Marchaos. Va a ser lo mejor para todos.
Los dos hombres se miraron. Uno de ellos se puso de pie y el otro le imito.
- Bueno, pues vamos a estar abajo si te apetece unirte.
Esperaron durante un instante. Nadie dijo nada. Pudieron oír el ruido de la lluvia golpeando los cristales. Uno de los hombres hizo un gesto con la cabeza al otro y los dos salieron de la oficina. Bajaron las escaleras hasta el portal. El estallido de un trueno les hizo detenerse en seco. Parecía que la tormenta estaba sobre ellos.
- ¿Crees que va a venir?
- No, no lo va a hacer.
- Entonces deberíamos volver. Antes de que sea tarde. Puede que le hagamos cambiar de opinión.
El otro hombre hizo un gesto con la cabeza y volvieron a subir las escaleras hasta el tercer piso. Abrieron la puerta de la oficina y no vieron a Elias. Sobre su mesa había un estuche de trompeta abierto y vacío. Los dos salieron apresuradamente y subieron los dos pisos que les separaban de la azotea. Encontraron la puerta abierta. Elias estaba en medio de la esplanada, tocando el instrumento. Tenia la camisa pegada al cuerpo y casi transparente debido al agua. Ninguno de los dos hombres cruzo la puerta.
- ¿Y esto hasta cuando va a durar?
- Hasta que supere lo de su mujer, o le parta un rayo como a ella.
- Oye ¿os apetece un café? yo voy a tomarme uno ¿os bajáis conmigo?
Elias no dijo nada.
- Yo si me tomaría uno ¿que dices tu? - dijo el otro hombre.
- Tengo que terminar esto.
- Venga, si van a ser treinta minutos.
Elias no contesto a eso. Siguió con la cabeza agachada. Volvieron a escuchar otro estruendo.
- ¿Visteis el partido de ayer? Que bien juega ese chico nuevo.
- Si, un genio, cada vez que coje la pelota... ¿tú que dices Elias? fue muy bueno
Dijo algo, pero no lo oyeron. La tormeta cada vez estaba mas cerca.
- ¿Como has dicho?
- Que no lo vi.
Los dos hombres vieron como empezaba a temblar ligeramente. Uno de ellos hizo como que se le caía un bolígrafo y se agachó a recogerlo. Elias estaba moviendo compulsivamente una de sus piernas.
- Creo que va a ser mejor que os vayáis a tomar ese café. Yo tengo que cosas que hacer. Ya lo sabéis.
- Pero Elias...
- Tranquilos - dijo interrumpiendo - voy a estar bien. Marchaos. Va a ser lo mejor para todos.
Los dos hombres se miraron. Uno de ellos se puso de pie y el otro le imito.
- Bueno, pues vamos a estar abajo si te apetece unirte.
Esperaron durante un instante. Nadie dijo nada. Pudieron oír el ruido de la lluvia golpeando los cristales. Uno de los hombres hizo un gesto con la cabeza al otro y los dos salieron de la oficina. Bajaron las escaleras hasta el portal. El estallido de un trueno les hizo detenerse en seco. Parecía que la tormenta estaba sobre ellos.
- ¿Crees que va a venir?
- No, no lo va a hacer.
- Entonces deberíamos volver. Antes de que sea tarde. Puede que le hagamos cambiar de opinión.
El otro hombre hizo un gesto con la cabeza y volvieron a subir las escaleras hasta el tercer piso. Abrieron la puerta de la oficina y no vieron a Elias. Sobre su mesa había un estuche de trompeta abierto y vacío. Los dos salieron apresuradamente y subieron los dos pisos que les separaban de la azotea. Encontraron la puerta abierta. Elias estaba en medio de la esplanada, tocando el instrumento. Tenia la camisa pegada al cuerpo y casi transparente debido al agua. Ninguno de los dos hombres cruzo la puerta.
- ¿Y esto hasta cuando va a durar?
- Hasta que supere lo de su mujer, o le parta un rayo como a ella.
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