Como una de las hermanas pequeñas del paseo de la Castellana, a la que flanquea a su izquierda desde los Nuevos Ministerios hasta las inmediaciones de la Plaza de Castilla, la calle Orense es una larga recta que une el tráfico furioso de Raimundo Fernández Villaverde con la apacible Rosario Pino, en la que desemboca.
Sin embargo al hacerlo no es ya la calle tumultuosa que era en sus inicios. Parece haber ido evolucionando desde el jolgorio de la primera juventud hasta la calma final de la edad madura: el general Perón, con su arrogante salida desde Castellana, hizo de ella dos, fiel a su ímpetu militar.
Vista en conjunto es solo una más, una mezcla de asfalto, ladrillo, acero y hormigón.
Oficinas y edificios de viviendas alzándose a derecha e izquierda, y bajo ellas, en espacios desigualmente repartidos, pequeñas tiendas y franquicias millonarias, conviviendo aún, quien sabe cómo.
Vehículos avanzando y parándose en espasmódicas remesas, y transeúntes yendo y viniendo, como en otras tantas calles de Madrid. A ratos, los residentes, como extranjeros en tierra propia, tratan de hacer vida de barrio, allá donde pueden.
Y luego están ellos, el detalle crucial que la hace distinta: los soportales. Salvando la Plaza Mayor, es raro encontrarlos en la capital, al menos en espacios comerciales de la zona centro.
Ahora me llega el recuerdo de montones de soportales recorridos en aciagos y memorables días de infancia y adolescencia. Y lo que queda de ellas es un poso familiar y entrañable hacia esas galerías, que las evoco siempre, no sé porqué, de noche y lloviendo.
Esos soportales de la calle Orense son reductos ahora donde al pasear por ellos aflora algo del aquellos antiguos sentimientos, aunque sean ya tantos los años transcurridos. Hablan de protección, de guarecerse un poco de la violencia de la ciudad, o de la vida.
martes, 11 de octubre de 2011
miércoles, 14 de septiembre de 2011
Inspiración y la fotofobia de Almodóvar
Alves, el antiguo albañil reconvertido en escritor se atusó la perilla con cansada desidia mientras intentaba dar con su nuevo personaje. Se encontraba de pie, quieto, mirando a través de la ventana de su estudio. Ésta daba a un patio interior hosco y desvencijado, el patio que había sido la patria chica donde habían brotado, mágica, instantáneamente, los personajes que habían poblado sus dos novelas anteriores, escritas allí.
Permaneció en esa postura unos minutos, y luego cerró los ojos, para aliviar la creciente tensión que sentía en ellos. Ese fue tal vez el intervalo que necesitó Almodóvar para comenzar su ascenso desde el mugriento suelo del patio hasta la tercera planta, donde Alves le esperaba, aún sin saber que se trataba de él.
El director se elevó encaramado en una densa voluta de humo de pipa, con unas oscuras gafas presidiendo su redonda cara, y, posándose decididamente en el alféizar de la ventana, le saludó, con aires de suficiencia y encanto a partes iguales:
- Hola. Un poco más y me mato. A ver si hacéis algo con esta casa, que se os va a caer encima el día menos pensado. Disculpa por presentarme así, con gafas de sol en plena noche, pero no soporto ni una partícula de luz. Sufro de fotofobia. Sufro de fotofobia, sufro de fotofobia, tengo la impresión de no decir otra cosa desde este último año.
Alves sonrió, recogió el testigo que le habían tendido tras el cristal, y, apartando la vista del patio, regresó a la blanca luminosidad de la pantalla del ordenador, donde empezó a teclear:
”Almodóvar se levantó de la silla una vez más. El esbozo del personaje no le convencía nada. Necesitaba otra cosa para esa escena del guión inicial escrito a medias con su hermano, que debía estar terminada para el día siguiente por la tarde.
Finalmente se detuvo frente a la ventana del despacho, corrió la cortina y se dedicó unos minutos a contemplar el trabado tráfico, que llenaba casi completamente la calle. Le iba venciendo el sueño, la noche anterior había dormido cuatro horas escasas, y durante un momento se durmió literalmente, allí de pie, frente al cristal.
Un coche, un escarabajo descapotable rojo, aparcó indebidamente justo frente a su portal, y de él vio bajarse a un hombre. Era corpulento y llevaba sombrero de fieltro de ala ancha; parecía llevarlo para afianzar expresamente la impresión de robustez que transmitía. Rostro cuadrado y difuso aspecto de hostilidad. Llevaba perilla, una recortada y gris sobre el anguloso mentón; en cierta forme tenía aspecto de matón.
El hombre miró un momento hacia donde él estaba, y durante ese instante, Almodóvar pensó que sus miradas se habían cruzado. Al momento sin embargo se dio cuenta de que seguramente no, a causa de los destellos de los últimos y oblicuos rayos de la tarde.
Se colocó la mano derecha a modo de visera y observó de nuevo al hombre, que en ese momento se subía al coche. Arrancó y se perdió en el ordenado caos de la ciudad. Él se sentó de nuevo y se concentró en un punto indefinido de la pantalla del ordenador, antes de empezar a escribir”.
Permaneció en esa postura unos minutos, y luego cerró los ojos, para aliviar la creciente tensión que sentía en ellos. Ese fue tal vez el intervalo que necesitó Almodóvar para comenzar su ascenso desde el mugriento suelo del patio hasta la tercera planta, donde Alves le esperaba, aún sin saber que se trataba de él.
El director se elevó encaramado en una densa voluta de humo de pipa, con unas oscuras gafas presidiendo su redonda cara, y, posándose decididamente en el alféizar de la ventana, le saludó, con aires de suficiencia y encanto a partes iguales:
- Hola. Un poco más y me mato. A ver si hacéis algo con esta casa, que se os va a caer encima el día menos pensado. Disculpa por presentarme así, con gafas de sol en plena noche, pero no soporto ni una partícula de luz. Sufro de fotofobia. Sufro de fotofobia, sufro de fotofobia, tengo la impresión de no decir otra cosa desde este último año.
Alves sonrió, recogió el testigo que le habían tendido tras el cristal, y, apartando la vista del patio, regresó a la blanca luminosidad de la pantalla del ordenador, donde empezó a teclear:
”Almodóvar se levantó de la silla una vez más. El esbozo del personaje no le convencía nada. Necesitaba otra cosa para esa escena del guión inicial escrito a medias con su hermano, que debía estar terminada para el día siguiente por la tarde.
Finalmente se detuvo frente a la ventana del despacho, corrió la cortina y se dedicó unos minutos a contemplar el trabado tráfico, que llenaba casi completamente la calle. Le iba venciendo el sueño, la noche anterior había dormido cuatro horas escasas, y durante un momento se durmió literalmente, allí de pie, frente al cristal.
Un coche, un escarabajo descapotable rojo, aparcó indebidamente justo frente a su portal, y de él vio bajarse a un hombre. Era corpulento y llevaba sombrero de fieltro de ala ancha; parecía llevarlo para afianzar expresamente la impresión de robustez que transmitía. Rostro cuadrado y difuso aspecto de hostilidad. Llevaba perilla, una recortada y gris sobre el anguloso mentón; en cierta forme tenía aspecto de matón.
El hombre miró un momento hacia donde él estaba, y durante ese instante, Almodóvar pensó que sus miradas se habían cruzado. Al momento sin embargo se dio cuenta de que seguramente no, a causa de los destellos de los últimos y oblicuos rayos de la tarde.
Se colocó la mano derecha a modo de visera y observó de nuevo al hombre, que en ese momento se subía al coche. Arrancó y se perdió en el ordenado caos de la ciudad. Él se sentó de nuevo y se concentró en un punto indefinido de la pantalla del ordenador, antes de empezar a escribir”.
lunes, 5 de septiembre de 2011
Día de tormenta
Cuando oyeron el primer trueno, los dos compañeros de Elias no pudieron evitar mirarle. Este no levantó la cabeza del documento que estaba leyendo, pero comenzó a tamborilear con sus dedos sobre la mesa. Los otros dos hombres se miraron entre ellos y siguieron trabajando. Oyeron un segundo trueno y escucharon a Elias suspirar.
- Oye ¿os apetece un café? yo voy a tomarme uno ¿os bajáis conmigo?
Elias no dijo nada.
- Yo si me tomaría uno ¿que dices tu? - dijo el otro hombre.
- Tengo que terminar esto.
- Venga, si van a ser treinta minutos.
Elias no contesto a eso. Siguió con la cabeza agachada. Volvieron a escuchar otro estruendo.
- ¿Visteis el partido de ayer? Que bien juega ese chico nuevo.
- Si, un genio, cada vez que coje la pelota... ¿tú que dices Elias? fue muy bueno
Dijo algo, pero no lo oyeron. La tormeta cada vez estaba mas cerca.
- ¿Como has dicho?
- Que no lo vi.
Los dos hombres vieron como empezaba a temblar ligeramente. Uno de ellos hizo como que se le caía un bolígrafo y se agachó a recogerlo. Elias estaba moviendo compulsivamente una de sus piernas.
- Creo que va a ser mejor que os vayáis a tomar ese café. Yo tengo que cosas que hacer. Ya lo sabéis.
- Pero Elias...
- Tranquilos - dijo interrumpiendo - voy a estar bien. Marchaos. Va a ser lo mejor para todos.
Los dos hombres se miraron. Uno de ellos se puso de pie y el otro le imito.
- Bueno, pues vamos a estar abajo si te apetece unirte.
Esperaron durante un instante. Nadie dijo nada. Pudieron oír el ruido de la lluvia golpeando los cristales. Uno de los hombres hizo un gesto con la cabeza al otro y los dos salieron de la oficina. Bajaron las escaleras hasta el portal. El estallido de un trueno les hizo detenerse en seco. Parecía que la tormenta estaba sobre ellos.
- ¿Crees que va a venir?
- No, no lo va a hacer.
- Entonces deberíamos volver. Antes de que sea tarde. Puede que le hagamos cambiar de opinión.
El otro hombre hizo un gesto con la cabeza y volvieron a subir las escaleras hasta el tercer piso. Abrieron la puerta de la oficina y no vieron a Elias. Sobre su mesa había un estuche de trompeta abierto y vacío. Los dos salieron apresuradamente y subieron los dos pisos que les separaban de la azotea. Encontraron la puerta abierta. Elias estaba en medio de la esplanada, tocando el instrumento. Tenia la camisa pegada al cuerpo y casi transparente debido al agua. Ninguno de los dos hombres cruzo la puerta.
- ¿Y esto hasta cuando va a durar?
- Hasta que supere lo de su mujer, o le parta un rayo como a ella.
- Oye ¿os apetece un café? yo voy a tomarme uno ¿os bajáis conmigo?
Elias no dijo nada.
- Yo si me tomaría uno ¿que dices tu? - dijo el otro hombre.
- Tengo que terminar esto.
- Venga, si van a ser treinta minutos.
Elias no contesto a eso. Siguió con la cabeza agachada. Volvieron a escuchar otro estruendo.
- ¿Visteis el partido de ayer? Que bien juega ese chico nuevo.
- Si, un genio, cada vez que coje la pelota... ¿tú que dices Elias? fue muy bueno
Dijo algo, pero no lo oyeron. La tormeta cada vez estaba mas cerca.
- ¿Como has dicho?
- Que no lo vi.
Los dos hombres vieron como empezaba a temblar ligeramente. Uno de ellos hizo como que se le caía un bolígrafo y se agachó a recogerlo. Elias estaba moviendo compulsivamente una de sus piernas.
- Creo que va a ser mejor que os vayáis a tomar ese café. Yo tengo que cosas que hacer. Ya lo sabéis.
- Pero Elias...
- Tranquilos - dijo interrumpiendo - voy a estar bien. Marchaos. Va a ser lo mejor para todos.
Los dos hombres se miraron. Uno de ellos se puso de pie y el otro le imito.
- Bueno, pues vamos a estar abajo si te apetece unirte.
Esperaron durante un instante. Nadie dijo nada. Pudieron oír el ruido de la lluvia golpeando los cristales. Uno de los hombres hizo un gesto con la cabeza al otro y los dos salieron de la oficina. Bajaron las escaleras hasta el portal. El estallido de un trueno les hizo detenerse en seco. Parecía que la tormenta estaba sobre ellos.
- ¿Crees que va a venir?
- No, no lo va a hacer.
- Entonces deberíamos volver. Antes de que sea tarde. Puede que le hagamos cambiar de opinión.
El otro hombre hizo un gesto con la cabeza y volvieron a subir las escaleras hasta el tercer piso. Abrieron la puerta de la oficina y no vieron a Elias. Sobre su mesa había un estuche de trompeta abierto y vacío. Los dos salieron apresuradamente y subieron los dos pisos que les separaban de la azotea. Encontraron la puerta abierta. Elias estaba en medio de la esplanada, tocando el instrumento. Tenia la camisa pegada al cuerpo y casi transparente debido al agua. Ninguno de los dos hombres cruzo la puerta.
- ¿Y esto hasta cuando va a durar?
- Hasta que supere lo de su mujer, o le parta un rayo como a ella.
miércoles, 10 de agosto de 2011
Un café gratis
La máquina de café se habia vuelto a quedar con mi dinero. Busqué en los bolsillos, pero no encontré mas monedas. Además habia dejado la cartera sobre mi mesa. Me quedé remoloneando a la espera de que a alguién le apeteciese un café. Era aún temprano como para que nadie de la oficina quisiera un tentenpie de media mañana, y demasiado tarde para el desayuno.
- Que resaca, tio.
Mauro entró dando voces en la cocina. Tenía al rededor de los cuarenta, pero no habia superado su adolescencia.
- ¿Y eso? - le pregunté.
- Bueno, que mas que resaca es cansancio de anoche.
- Coño, invitate a un café y me lo cuentas. Solo y sin azucar.
El tipo puso un par de monedas en la máquina. Leyó los botones despacio. Los mismos que llevaba leyendo tres años. Pulsó dos.
- Ayer estuvimos en el bar de abajo, hasta que cerraron. Y luego nos fuimos a tomar algo por ahí con los camareros. Tambien se vino Virginia con nosotros.
- ¿La camarera esa morena, con los ojos verdes? Es guapisima.
- Si esa. Bueno, pues me la follé - dijo dandome un golpe en el pecho con el dorso de la mano y casi gritando.
Me pasó el vaso con café que salia en ese momento.
- Que cabrón. Mira que está buena - dije intentando disimular que su vida sexual me importa una mierda, y menos la de la camarera del bar a la que solo conozco de vista.
- Pues que fuerte. Vamos a su casa, nos metemos en faena y en esto que me bajo al pilón y meto mi cara entre sus piernas. Tio, tiene el coño mas peludo del mundo. En serio. Aunque eso ya se veia, por que no veas que pelotes negros tiene en los brazos.
Sonrio y le doy un trago al café. Tengo la sensación de que este va a ser el café gratis mas caro que me he tomado nunca.
- Y que clítoris, tio. Así, grande, como medio dedo. Una cosa enorme. Es el mas grande que he chupado nuna.
- ¿Como que clitoris?
- Coño, pues el clitoris, la pepita del amor. - Me dice. Noto indignación en su voz.
- No sabía que a ti te fuesen esas cosas.
- Comer coños es lo que mas me gusta ¿A ti no o que? A ver si vas a ser maricón - dijo a la vez que sacaba su café de la máquina.
- ¿Pero entonces no lo sabes?
- El que.
- Pues que Virginia es hermafrodita - miré mi vaso de café, que ya estaba por la mitad.
- Venga, venga. Que no me la cuelas.
- Pero si salió en la tele. Y en los periodicos. -dije con toda tranquilidad- Es la presidenta de una asociación.
Por un momento Mauro se quedó callado. Me cogió del hombro y me miró fijamente a los ojos.
- ¿Es eso verdad?
- Si, joder, lo sabe todo el mundo.
- ¿Me estas diciendo que me he pasado toda la noche chupando una polla enana?
- No, eso me lo estás diciendo tu.
Apuré de un trago lo que quedaba de café, tiré el vaso a la papelera y salí por la puerta.
- Que resaca, tio.
Mauro entró dando voces en la cocina. Tenía al rededor de los cuarenta, pero no habia superado su adolescencia.
- ¿Y eso? - le pregunté.
- Bueno, que mas que resaca es cansancio de anoche.
- Coño, invitate a un café y me lo cuentas. Solo y sin azucar.
El tipo puso un par de monedas en la máquina. Leyó los botones despacio. Los mismos que llevaba leyendo tres años. Pulsó dos.
- Ayer estuvimos en el bar de abajo, hasta que cerraron. Y luego nos fuimos a tomar algo por ahí con los camareros. Tambien se vino Virginia con nosotros.
- ¿La camarera esa morena, con los ojos verdes? Es guapisima.
- Si esa. Bueno, pues me la follé - dijo dandome un golpe en el pecho con el dorso de la mano y casi gritando.
Me pasó el vaso con café que salia en ese momento.
- Que cabrón. Mira que está buena - dije intentando disimular que su vida sexual me importa una mierda, y menos la de la camarera del bar a la que solo conozco de vista.
- Pues que fuerte. Vamos a su casa, nos metemos en faena y en esto que me bajo al pilón y meto mi cara entre sus piernas. Tio, tiene el coño mas peludo del mundo. En serio. Aunque eso ya se veia, por que no veas que pelotes negros tiene en los brazos.
Sonrio y le doy un trago al café. Tengo la sensación de que este va a ser el café gratis mas caro que me he tomado nunca.
- Y que clítoris, tio. Así, grande, como medio dedo. Una cosa enorme. Es el mas grande que he chupado nuna.
- ¿Como que clitoris?
- Coño, pues el clitoris, la pepita del amor. - Me dice. Noto indignación en su voz.
- No sabía que a ti te fuesen esas cosas.
- Comer coños es lo que mas me gusta ¿A ti no o que? A ver si vas a ser maricón - dijo a la vez que sacaba su café de la máquina.
- ¿Pero entonces no lo sabes?
- El que.
- Pues que Virginia es hermafrodita - miré mi vaso de café, que ya estaba por la mitad.
- Venga, venga. Que no me la cuelas.
- Pero si salió en la tele. Y en los periodicos. -dije con toda tranquilidad- Es la presidenta de una asociación.
Por un momento Mauro se quedó callado. Me cogió del hombro y me miró fijamente a los ojos.
- ¿Es eso verdad?
- Si, joder, lo sabe todo el mundo.
- ¿Me estas diciendo que me he pasado toda la noche chupando una polla enana?
- No, eso me lo estás diciendo tu.
Apuré de un trago lo que quedaba de café, tiré el vaso a la papelera y salí por la puerta.
lunes, 25 de julio de 2011
Chantal Maillard
No existe el infinito...
No existe el infinito:
el infinito es la sorpresa de los límites.
Alguien constata su impotencia
y luego la prolonga más allá de la imagen, en la idea,
y nace el infinito.
El infinito es el dolor
de la razón que asalta nuestro cuerpo.
No existe el infinito, pero sí el instante:
abierto, atemporal, intenso, dilatado, sólido;
en él un gesto se hace eterno.
Un gesto es un trayecto y una trayectoria,
un estuario, un delta de cuerpos que confluyen,
más que trayecto un punto, un estallido,
un gesto no es inicio ni término de nada,
no hay voluntad en el gesto, sino impacto;
un gesto no se hace: acontece.
Y cuando algo acontece no hay escapatoria:
toda mirada tiene lugar en el destello,
toda voz es un signo, toda palabra forma
parte del mismo texto.
De "Matar a Platón" 2004
No existe el infinito:
el infinito es la sorpresa de los límites.
Alguien constata su impotencia
y luego la prolonga más allá de la imagen, en la idea,
y nace el infinito.
El infinito es el dolor
de la razón que asalta nuestro cuerpo.
No existe el infinito, pero sí el instante:
abierto, atemporal, intenso, dilatado, sólido;
en él un gesto se hace eterno.
Un gesto es un trayecto y una trayectoria,
un estuario, un delta de cuerpos que confluyen,
más que trayecto un punto, un estallido,
un gesto no es inicio ni término de nada,
no hay voluntad en el gesto, sino impacto;
un gesto no se hace: acontece.
Y cuando algo acontece no hay escapatoria:
toda mirada tiene lugar en el destello,
toda voz es un signo, toda palabra forma
parte del mismo texto.
De "Matar a Platón" 2004
lunes, 18 de julio de 2011
Cadáver exquisito I
Dime,¿Qué te parece? ¡Oh! No te ha gustado. ¡Vaya! Me lo temía. Era mi hija, sí; pero se perdió. no tengo ganas de que toques el piano ahora. Hay más opciones. También puedes decirme, "la vida es maravillosa", y nos vamos a bailar. Bailar: movimiento realizado por el cuerpo humano, que tiende a la sincronización melódica. sincronización perfecta. libertad inusual. ¡ A bailar, pequeños vástagos!
Las macetas estaban secas, la noche avanzada, los semáforos sólo encendían el ámbar. Pero él atravesó la calle ensimismado en la respuesta que tenía que dar al día siguiente, sin darse cuenta de que alguien se abalanzaba sobre él. Era un amigo de la infancia. Se pararon en media calle. Gesticulaban y los que pasaban se quedaban mirando. Interrumpían el paso. El oficial ordenó continuar la marcha:
- ¡Cadetes! ¡ Al galope!
Los parroquianos, acostumbrados a sus jamelgos, abrasados por el trabajo rural, quedaban admirados al contemplar a aquellos jinetes en sus esbeltas monturas. Que llegan poco a poco a la taberna donde revolotean las más intrincadas alevosías, que tienen que devolver los últimos reclusos de la mejor cárcel que encontraron en su vida. No iban más allá. Ir. ¿Dónde? No hay lugar. no hay escapatoria. Sólo la cárcel de sus vidas. De donde no querían escapar. Ella era su carcelera. Él era su carcelero. Y les gustaba. Y delinquían sin perdón. Sin buscar una salida hacia dónde? No, decidí estar sentada junto a la ventana y esperarte. Una mañana apareció un hombre que se llamaba Joau o John, o algo así. Se quedó mirando y me dijo. ¿ No eres demasiado joven para esperar?
¿Qué es lo que debía esperar? Tanto tiempo olvidando lo que no quería recordar... tanto tiempo deseando que llegara aquel momento trágico, espléndido, ideal...Y era todo muerte.
Cuando se acaba todo seguimos en algún sitio. Como me gusta la frase de la viuda que dice : " Paco, donde te encuentres, mira cómo sufro". Cuando debía decir " ¿por qué te fuiste?".
Me fui porque todos se drogaban, todo era caótico, aunque me digan que no, que hay otras cosas además de las drogas. Pero, ¿qué hay? Si no un grupo, que cansado de estar en casa con sus papás, cogieron la tienda de campaña y la plantaron en medio de la ciudad. Y el que pasaba pensó: " ¿y por qué no hago yo lo mismo?". y se unió al otro y al otro. Y ahora, ¿qué hacemos?
Siempre se habían hecho la misma pregunta, desde que comenzaron a salir juntos quince años atrás. De repente, Laura se paró en mitad de la calle.
-Alfredo, no quiero continuar.
Alfredo, como siempre, pensaba en sus cosas sin prestar ninguna atención a lo dicho por Laura.
Ella me dijo que no quería volver a verme. le dije que no me importaba dos veces. No me importa. No me importa. No me importa. Tres veces.¿ Cuántas veces podemos pasar por esto? Ya ni una más. De todas las alternativas, elegimos la peor. No debíamos seguir con aquello.
DEBER
DEBER
DEBER
¿Y ahora qué? Ahora nada. Adiós, mi vida. Adiós.
domingo, 10 de julio de 2011
Esperanza, 6 meses depués (III)
Me quedo dormida viendo una prueba ciclista. Despierto completamente empapada de sudor. No es lo único de lo que estoy empapada. Decido solucionar el ultimo problema primero y luego darme una ducha. Después de la ducha me peso. He ganado dos kilos en los últimos meses. Me miro al espejo. Parece que han ido a parar al culo. Bueno, no esta mal. Son las seis y media de la tarde. Llamo a Yoli otra vez. No contesta. Me siento delante del ordenador. Me aburro. No aguanto ni media hora. Voy a limpiar la cocina. No hay nada que limpiar. Voy al baño. Friego la taza y el lavabo, luego la bañera. Por ultimo el suelo. Aquello me relaja.
A las ocho me llama Yoli. Conversión breve. Quedamos en vernos a las diez en el Café Central. Tengo dos horas por delante. Me tumbo en la cama y miro el techo. Cojo un libro. Leo dos paginas. Lo tiro al suelo. Cojo el bote de lubricante. Va a ser la segunda vez hoy. Me doy cuenta de como extraño a Ulises. Después voy a maquillarme y peinarme. Decido jugar a las muñequitas provándome vestidos. Se que no me va a llevar a ninguna parte, ya tengo decidido lo que me voy a poner, pero al menos me entretengo. Decido tirar a la basura un par de modelitos. No por que me vengan mal ni esten pasados de moda. Simplemente no me apetece que estén en mi armario. Son las nueve y media. Tengo que irme. Desde el recibidor veo el libro tirado en el suelo de la habitación junto al bote de lubricante. Voy a recogerlo. No. Me quedo a medio camino. Salgo por la puerta. Al fin y al cabo nadie va a venir a preguntarme por el desorden de mi casa.
A las ocho me llama Yoli. Conversión breve. Quedamos en vernos a las diez en el Café Central. Tengo dos horas por delante. Me tumbo en la cama y miro el techo. Cojo un libro. Leo dos paginas. Lo tiro al suelo. Cojo el bote de lubricante. Va a ser la segunda vez hoy. Me doy cuenta de como extraño a Ulises. Después voy a maquillarme y peinarme. Decido jugar a las muñequitas provándome vestidos. Se que no me va a llevar a ninguna parte, ya tengo decidido lo que me voy a poner, pero al menos me entretengo. Decido tirar a la basura un par de modelitos. No por que me vengan mal ni esten pasados de moda. Simplemente no me apetece que estén en mi armario. Son las nueve y media. Tengo que irme. Desde el recibidor veo el libro tirado en el suelo de la habitación junto al bote de lubricante. Voy a recogerlo. No. Me quedo a medio camino. Salgo por la puerta. Al fin y al cabo nadie va a venir a preguntarme por el desorden de mi casa.
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