martes, 11 de octubre de 2011

Calle Orense

Como una de las hermanas pequeñas del paseo de la Castellana, a la que flanquea a su izquierda desde los Nuevos Ministerios hasta las inmediaciones de la Plaza de Castilla, la calle Orense es una larga recta que une el tráfico furioso de Raimundo Fernández Villaverde con la apacible Rosario Pino, en la que desemboca.
Sin embargo al hacerlo no es ya la calle tumultuosa que era en sus inicios. Parece haber ido evolucionando desde el jolgorio de la primera juventud hasta la calma final de la edad madura: el general Perón, con su arrogante salida desde Castellana, hizo de ella dos, fiel a su ímpetu militar.

Vista en conjunto es solo una más, una mezcla de asfalto, ladrillo, acero y hormigón.

Oficinas y edificios de viviendas alzándose a derecha e izquierda, y bajo ellas, en espacios desigualmente repartidos, pequeñas tiendas y franquicias millonarias, conviviendo aún, quien sabe cómo.

Vehículos avanzando y parándose en espasmódicas remesas, y transeúntes yendo y viniendo, como en otras tantas calles de Madrid. A ratos, los residentes, como extranjeros en tierra propia, tratan de hacer vida de barrio, allá donde pueden.

Y luego están ellos, el detalle crucial que la hace distinta: los soportales. Salvando la Plaza Mayor, es raro encontrarlos en la capital, al menos en espacios comerciales de la zona centro.

Ahora me llega el recuerdo de montones de soportales recorridos en aciagos y memorables días de infancia y adolescencia. Y lo que queda de ellas es un poso familiar y entrañable hacia esas galerías, que las evoco siempre, no sé porqué, de noche y lloviendo.
Esos soportales de la calle Orense son reductos ahora donde al pasear por ellos aflora algo del aquellos antiguos sentimientos, aunque sean ya tantos los años transcurridos. Hablan de protección, de guarecerse un poco de la violencia de la ciudad, o de la vida.