lunes, 16 de enero de 2012

Primeros días en la ciudad nueva

A este lado del río los olmos se alinean de tal manera frente a él que parecen ser los obedientes guardianes de sus bajas y lentas aguas; estas altas y enmarañadas estructuras le proporcionan una fresca protección en verano, pero ahora, a la espera de su renovada espesura, son solo como un símbolo estético más, una escultura maestra repetida a todo lo largo de su cauce.
También los diminutos y asustadizos gorriones se sirven de ellos: es fácil verlos balancearse, juguetonamente, sobre sus desnudas ramas. Son árboles centenarios, columpios centenarios. La frágil presencia de esos pajarillos tiene el efecto de borrar del ambiente, en la fulgurante claridad del aire de año nuevo, la eterna y espesa sensación de agrio derrumbe que llega, desde tiempo inmemorial, del extrarradio de la ciudad.

lunes, 19 de diciembre de 2011

escena

- David, entonces, ya está decidido lo de Nantes, ¿no? – Carmen se deshizo impostadamente del sentimiento de que en realidad le importaba un bledo si su hermano se mudaba o no al extranjero. Esperó un instante un gesto que significara que iba a producirse una respuesta, pero David pugnaba antes que nada con una al parecer rebelde cola de pescado.
Helen, su cuñada, sentada justo frente de ella, habló en su lugar:
- No va a ser Nantes, al final nos vamos a París. Alejandro le ha prometido a tu hermano el cargo de supervisor del área central. ¿No os lo había dicho. Deivid, hijo, cuenta las cosas…

Carmen sonrió a la buena disposición de Helen, así como a sus finas manos, revoloteando graciosamente sobre el mantel de organdí, seña de identidad de las fiestas de Navidad en su familia. Un noble pedazo del imperio británico ante ella, de rostro fino, vestido sabiamente elegido y exquisitas maneras: la chica de Glasgow que había agilipollado a su hermano, un tío de una pieza en otro tiempo.
Eran cinco a la mesa, pero sus padres, como siempre, jugaban tan a conciencia el papel de anfitriones perfectos, aterrorizados en realidad de quedar mal ante la eterna invitada que eran solo dos bustos provistos de palas. Miró a su madre y ésta, al saberse observada, se dio por aludida:
- El año pasado creo que me quedó mejor. Este año, no sé, no está tan jugoso - buscó en una rápida batida miradas de apoyo a los demás pero todos pasaron por alto el comentario.

jueves, 15 de diciembre de 2011

paso en falso

Eran las seis y veinte de la tarde de un veintiséis de junio. Según sus meticulosos cálculos, le quedaban dos días diecisiete horas y cuarenta minutos. Al abrir el sobre y comprobar que la carta eran las órdenes de Franz, quedarían algunos menos, pero le daría tiempo de todos modos. Las órdenes de Franz eran exactamente lo que ella haría entre ese momento y el momento de estallar la bomba.
En el fondo era todo ridículamente fácil, ya que su responsabilidad era transportar un paquete hasta una estación de tren, en París. En tres líneas su participación había quedado diseñada por un cerebro que jamás había visto, pero al que veneraba igualmente, como si fuera el paladín de un nuevo mundo.
En forma de publicidad de una empresa de cursos a distancia, periódicamente, a lo largo de los últimos tres años, la información llegaba, y era ejecutada inexorablemente, sin resquicio de duda. Ninguno de sus hermanos sospechaba nada, más allá de la extrañeza por la insistencia de las cartas, siempre sin respuesta. Se metió la carta en el bolsillo y descolgó el teléfono, para enviar una señal sin voz a un número de contacto.
Corrió todas las cortinas, en un procedimiento poco común, que no tenía nada que ver con el protocolo de seguridad; era más bien una forma velada de dar carpetazo a algo, de dejar saldada una antigua querella secreta con su familia, con ella misma en su familia, con su pasado de todas maneras.
No sintió alivio alguno al terminar de hacerlo; al contrario, más bien una aguda sensación de que esa salida era una salida en falso, tal vez solo un camino que le apartaba del camino principal, por donde ya había transitado durante tanto tiempo, sin resultado alguno, y que ahora, al evitarlo de una forma drástica, seguramente irreversible, quedaba como flotando en el aire, provocando en su animo ese sabor a algo que se ha dejado irremediablemente antes de tiempo, una batalla perdida sin haber puesto en juego todas las armas.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Encerrona

La fría superficie le despertó y dio un respingo al verse desnudo y suspendido en un espacio desconocido. Observó la estructura que le contenía y pensó que debería esperar a despertarse para que aquello dejara de ocurrir, aunque supo al momento que ese pensamiento era solo un modo de escapar al pánico.

¿Cuánto podría medir el cubo de cristal donde se encontraba?, ¿y porqué no había mas que una masa blanquecina, (niebla, ¿que podía ser sino?) más allá del habitáculo, en el mismo lugar donde, hasta hacía poco, estaba su casa, su mujer, su diana electrónica recién comprada?

La sólida y transparente construcción no tenía abertura alguna; la había inspeccionado, palpando con la mano abierta, centímetro a centímetro; era una única pieza, sin fijaciones ni soldaduras. Se imaginó que esperando simplemente tendría lugar algo, por parte de alguien, en algún sitio.

Pensó en Gregorio Samsa y en José Luis López Vázquez en La cabina. Se dejó llevar por la sensación de que quizá el escritor que había imaginado en otro tiempo que llegaría a ser se encontraría al final existiendo, y que estaría en ese momento moviendo los hilos de su existencia encerrada, cómodamente arrellanado en su asiento frente al ordenador, encaprichándose de su incierto destino.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

El jugador.

Steve estaba colocando las cartas sobre la mesa de la cocina.  Iba sacándolas de la baraja de dos en dos y poniéndolas en el lugar que le correspondían.  Dos de picas, cinco de tréboles.  No coincidía con ninguna de las que ya tenía en las columnas de palos, así que las puso en el montón de descartes.  J de corazones, cuatro de picas.  Colocó la J encima de la reina de corazones.  El cuatro lo dejó en el montón de descartes.  Era agradable estar allí sentado, con la luz del medio día entrando por la ventana.
Escuchó unas llaves abriendo la puerta del apartamento y después vio a su hijo entrar.  Steve se dio cuenta que diecisiete años pasan rápido y uno a penas ve en que momento crecen tanto.
- Hola - dijo el muchacho.
- ¿Va todo bien?
- Si, claro que sí - contestó mientras abría la nevera y sacaba una botella de leche.  Se sirvió un vaso mientras Steve le observaba.
- Muchacho, me gano la vida leyendo las caras de la gente, y algo me dice que a ti te pasa algo.
El chico no contestó.  Se limitó a beber un trago de leche mirando al infinito.
- Dame un vaso de leche y trae las fichas - dijo Steve recogiendo las cartas.
Su hijo sacó un vaso limpio de un estante y lo llenó con lo que quedaba en la botella.  Después salió de la cocina y volvió con una caja de madera sin tapadera llena de fichas de plástico de distintos colores.  Se sentó en frente de su padre y empezó a contar y a hacer dos montones de fichas, uno para su padre y otro para él.  Después Steve repartió las cartas.
- ¿Que va mal?
- Nada - dijo el chico mirando las cartas.
- ¿Es una chica?
El chico no contestó.  Jugaron dos manos sin hablar nada, en un silencio solo roto por el sonido de las fichas de apuestas.
- La verdad es que si que me gusta alguien - dijo mientras Steve volvía a repartir las cartas de la tercera mano.
- ¿Y tú a ella?
- Pues no lo se - mientras decía esto miró sus cartas e hizo una apuesta muy alta.
- ¿Por que haces eso?
- ¿El que?
- Hacer una apuesta tan alta.  Ahora no se si tienes buenas cartas o malas cartas, pero lo que acabas de conseguir es asustarme.  Si de verdad tienes una buena mano, es mejor ir despacio.
Steve tiró sus cartas en el centro de la mesa y dejó que su hijo recogiese el poco beneficio que había obtenido con su mala jugada.
- Recuerda. Nunca vayas demasiado fuerte sin saber lo que tiene el otro.
Los dos bebieron un trago de leche antes de volver a repartir cartas.
- ¿Tu le gustas a ella?
- Pues no lo se.
Steve puso un par de fichas en el centro de la mesa.  Su hijo hizo lo mismo, y añadió una más.  Steve aceptó la apuesta.  Hicieron un descarte y volvieron a apostar.  Cada apuesta que hizo Steve fue superada por su hijo.  Steve aceptó cada subida, haciendo él mismo la suya.  Así estuvieron los dos hasta que en el montón de fichas central estaba la mitad de las fichas de cada uno.  Steve volvió a subir la apuesta una última vez.  Su hijo cogió igual cantidad de fichas de su montón y se dispuso a ponerlas en el centro.
- ¿Estas seguro de que puedes ganar esta mano? - dijo antes de que las soltase.
- ¿Que otra cosa puedo hacer? ya he apostado la mitad de mis fichas.  Tengo que seguir jugando si quiero tener una oportunidad.
- No, chico.  No importa cuanto has apostado.  Tienes que saber cuando hacer la jugada y arriesgar, pero también tienes que saber cuando retirarte, no importa cuanto vayas a perder. Si juegas hasta el final sin una buena mano, la cosa se puede poner peor.
El muchacho volvió a dejar las fichas a su lado y tiró las cartas al centro de la mesa.  Steve recogió sus ganancias y se dispuso a repartir otra vez.
Ambos miraron su nueva mano de cartas.
- El problema es que hay otra chica que va detrás de mi.  Y si le digo algo a la que me gusta, la otra ya no va a querer saber nada, y bueno, no es que me guste mucho, pero algo es algo.
Steve hizo una apuesta fuerte, dejando un buen montón en el centro de la mesa.  Su hijo contó las fichas para igualar la apuesta, y luego empezó a contar las fichas que aún tenía en su lado de la mesa.
- ¿Que haces? - preguntó Steve.
- Contando las fichas que me quedan.
- Escucha, cuando uno está sentado a la mesa, jugando, no debe contar nunca sus fichas.  Solo mirar sus cartas e intentar ganar con lo que tiene.  Pero no cuentes. Tanto si vas ganando como si vas perdiendo.
Los dos siguieron jugando hasta que la luz blanca del medio día se convirtió en la luz rojiza del atardecer.  Luego el chico se levantó de la mesa, se despidió de su padre y se fué a su habitación a estudiar.
Steve se quedó solo en la cocina, escuchando el ruido de los coches en el exterior, conducidos por gente que volvía de su oficina a casa después de haber trabajado ocho horas.


lunes, 28 de noviembre de 2011

Fúmate uno

Una tarde de otoño recibí una llamada de Oso.  Quería que le acompañase a un recado.  Me dijo que llevase el coche.
Me hizo conducir hasta un barrio bien a las afueras de Madrid.  Uno de esos barrios nuevos con avenidas de dos carriles y sin una sola panadería donde se han mudado familias con algo de dinero.  Estuvimos buscando una calle durante un buen rato.  Era casi la una de la noche y no había nadie a quien preguntar.  Cuando la encontramos, me indicó  que aparcase.  No nos bajamos del coche.  Dijo que tendríamos que esperar un rato.  En mi cabeza aún tenía metido el problema que tuvimos en el almacén, hacía ya un par de meses.
- Oso, no se te ocurra encender uno de esos puros dentro de mi coche, que luego huele fatal - le dije cuando le vi sacar un habano del tamaño del brazo de un bebe.  
- Hermoso, no son mis puros.  Tu coche coche ya apesta sin mi ayuda.
- Pues si te parece apestoso, no me llames -  Mientras decía esto él le quitaba la vitola a su cigarro.
- ¿Quieres uno?
- No, gracias.  Mi padre fuma puros.  Y siempre dice que no hay que quitarles la vitola, así que no creo que sepas mucho de esto.  Si te viese quitarle la vitola a un Cohiba como ese, te diría algo.
- ¿Si? vaya, hombre ¿y por que dice tu padre que no le puedo quitar este papel de un puro? - dijo mientras levantaba en alto la insignia roja y dorada.
- Pues por que a veces no las pegan bien, la cola se sale y se pega al cigarro, y si lo arrancas, puedes romper la capa de fuera y te lo cargas.
Oso se quedó mirandome un momento, encendió el puro, se recostó en el asiento del coche y empezó a fumar en silencio.  Estuvimos así una media hora.  Después apareció un tipo que venía caminando.
- Aquí está.  Estate atento.  No te bajes del coche a menos que la cosa se ponga fea.
A la vez que me decía esto, se ponía unos guantes de cuero que había sacado de un bolsillo de la chaqueta y que parecían muy ajustados, pero que ya estaban muy adaptados a la forma de sus manos y de sus nudillos.  Cuando el tipo que venía caminando llegó a la altura  del coche, Oso abrió la puerta y salió.  Pude ver la cara del otro.  Su cara, al vernos, se transformó en una mueca de terror.  Oso le dió un primer puñetazo en la nariz antes de decir nada.  El tipo dió dos pasos hacia atrás y Oso le agarró de la solapa de la americana para que no callese al suelo.  Luego le volvió a golpear en la cara y esta vez si le dejó caer.  Una vez en el suelo le dio una patada en el estomago, luego se agachó, le dijo algo y le echó una bocanada de humo del puro que no había soltado de entre sus labios.  Arranqué el motor antes de que Oso volviese a entrar, y cuando lo hizo, nos fuimos de allí con tranquilidad.
Iba conduciendo de vuelta al centro de Madrid cuando Oso me enseñó el puro que estaba intacto a pesar de la pelea.
- ¿Sigue tu padre fumando puros? - me preguntó.
- Si.
- Pues dile una cosa.  Si me gasto quince euros en un puro, a nadie mas que a mi le importa lo que estoy fumando. Les quito la vitola igual que les quito la etiqueta a mis trajes.  Hace falta el trabajo de mucha gente para hacer uno de estos.  Y si el que pega el puto papelito es tan idiota que no sabe hacerlo bien, o lo hace mal por descuido, entonces me está faltando al respeto a mi y todos los que han trabajado en esto.  Así que si un puro se rompe por eso, no merece ser fumado. ¿Has entendido?
- Si. Ahora si.
Aquella fué la primera vez que Oso y yo nos sentamos a fumar juntos.



jueves, 24 de noviembre de 2011

Guardame el monedero


Llegué tarde, como siempre.  Carmen y su novio ya estaban esperandome.  Le di dos besos a ella.  Le dije “hola” a él.  Me parecía un imbecil, y supongo que yo a él, pero intentabamos llevarnos.  Carmen era una buena tía, siempre me habia gustado.  No era demasiado inteligente, pero era de esas tías que cuando te ven triste te dan ánimos, y sobre todo estaba muy buena.  Con dos ojos oscuros como fosas de cementerio, un pelo a juego y dos tetas mas grandes que su propia cabeza, a pesar de que no la sobraba ni un solo gramo de grasa en todo su cuerpo.  Y todo esto condensado en un metro y medio de altura.  Su piel era dorada.  Al menos la de los hombros y el escote.  Llevaba puesta una camiseta de tirantes.  Aquella noche hacía demasiado calor como para llevar otra cosa.

- Toma, guardame esto, anda, que este no quiere y no tengo bolsillos.
Me lo dijo señalando a su novio con una mano, mientras que con la otra me ofrecía su monedero.  Lo metí en mi bolsillo.
Eran ya mas de las once.  Decidimos ir a un bar de copas, de esos con la música muy alta y la luz muy baja.  Pedimos una cerveza cada uno.
- Marisa me parece una buena tía. Siempre está de broma - dijo el novio de Carmen.
- Si.  Aunque tiene la costumbre de arrimar mucho las tetas cuando besa - dije yo.
- Las tías que hacen eso me caen fatal.  Siempre calentando - dijo Carmen.
- Yo creo que lo hace sin darse cuenta - contesté dándole el último trago a la cerveza.
- Un poco golfa si que es. - dijo el novio de Carmen - Voy a mear.
Carmen y yo quedamos en silencio durante un minuto, hasta que vimos desaparecer a su novio entre la multitud.  Después se arrimó, pegando mucho su cuerpo contra el mio.
- Cuando una tía te arrima las tetas, sabe lo que está haciendo. - me susurró al oído al tiempo que ponia su mano en mi paquete - ¿Tienes bien guardado mi monedero?
- Eso no es tu monedero.
- Lo se.
Luego se quedó mirándome a los ojos.  Cuando volvió su novio, ella dijo que no quería otra cerveza y prefería irse a casa.  Sola.