viernes, 25 de marzo de 2011

Jean Inside

A la mañana siguiente le conté a Jean, un buen amigo mío, lo mismo que os conté a vosotros aquella noche, pero creo que no me creyó, por la expresión de asombró que se asomó a sus ojos.
Tampoco sé si vosotros le disteis crédito o no a esta historia, así que no me queda otra sobre este asunto que elucubrar, darle vueltas, y, como se suele decir: “jamarme la cabeza”.
No dejo de pensar sobre si lo ocurrido, lo contado, es tan increíble como para pasar por increíble. A mí no me lo parece.

No se trata de ninguna historia de ciencia- ficción.
No me parece que sea una historia para no ser creída por alguien que, como Jean, sé que me tiene gran simpatía, confianza, y, casi podría asegurar, afecto profundo.
Cree en mí en un sentido mas bien global, en el conjunto de mi persona, aunque eso no quita para que, en un momento dado, bastantes veces, me haya podido decir: “…venga ya, fantasma”, cuando le he contado alguna historia inventada, para pasar el rato.
A veces simplemente me gusta tomarle el pelo, pero yo, al poco, le reconozco la gansada y nos reímos juntos.


Sin embargo, ahora, me preocupa que no haya vuelto a llamar ni a visitarme desde entonces, desde la confesión; me parece sinceramente una señal de alarma grave, ya que Jean y yo, (concretamente él y yo), éramos como zipi y zape: muy pocos días ha habido sin que nos hayamos visto. Cuando eso ha ocurrido, las raras veces, al reencontrarnos, era como si hubiéramos estado separados años enteros.

Pensando en la reacción de Jean a mis palabras, me doy cuenta ahora: ¡ qué distinta expresión entonces, enmudecimiento y ojos en blanco, que la que yo ya conocía, cuando simplemente no se tragaba las tonterías inventadas con que a veces le vacilaba, con rostro de cómplice resignación por tener un amigo tan pesado!


Y simplemente le dejé marchar, sabiendo en el fondo que, pronunciadas aquellas palabras, jamás volvería a verle.

¿Por qué se lo conté entonces?

Ahora, que ha pasado el tiempo suficiente, conozco la respuesta.

Porque él, (concretamente él), tenía que saberlo.

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